Fui viral: a fondo con Zafrada, El Niño Poeta y el Profesor Rossa

Por la filtración de una broma inesperada, por encarnar los hábitos de un adulto siendo niño o simplemente por inocencia. Las causas parecen no tener sentido, pero la fama es así: hay veces en que llega de casualidad y trae consigo tantos beneficios como dificultades. Aquí, tres protagonistas de algunos de los videos virales chilenos más recordados —Iván Arenas, El Niño Poeta y Zafrada— repasan con el diario pop sus historias y las consecuencias de haberse convertido en fenómenos de Internet.

Presentado por Maicao y La Polar

El “lujo” del Profesor Rossa

Nadie podía siquiera sospecharlo, y mucho menos Iván Arenas, pero esa tarde en Lonquimay, probablemente en una de sus últimas interpretaciones como el Profesor Rossa, el docente que aleccionó durante dos décadas sobre flora y fauna, el mundo animal y la cultura de otros países en la pantalla chica, comenzó a gestarse el primer video viral de la historia de Chile.

—Mire el paisaje lindo…, ¿sabe Guru-Guru? —interrumpió de pronto su marcha, se detuvo en el paisaje y le habló a su entrañable escudero con voz resuelta.

En su cabeza, Arenas sabía que esta era la parte más esperada. La que de alguna manera le daba sentido a sus viajes. Cuando ya habían culminado de grabar las escenas del episodio, y tanto él como Claudio Moreno, en la piel de Guru-Guru, palomo mensajero e hijo adoptivo del profesor, se permitían escaparle al libreto. Era parte de un acuerdo que pergeñaron años antes y del que solían hacer partícipes a sus compañeros en el set, los equipos de producción y camarógrafos para echar la talla.

Entonces ahora, abandonando por algunos minutos el personaje didáctico y acogedor que le era tan propio, disparó:

—¿Me puedo dar un lujo aquí, Guru-Guru? ¡Me voy a poner a miar, conch…!

Era abril de 2002, Internet el privilegio de unos pocos, no existía YouTube ni tampoco las redes sociales, pero el registro de la improbable pelea en la que el Profesor Rossa orinaba a Guru-Guru estaba en boca de todos. Arenas lo vio por primera vez algunos meses antes, en la celebración de su cumpleaños número 50. Lo proyectaron frente a más de 400 invitados, entre ellos los directores y productores de programas como Maravillo-Zoo o Sábado Gigante. Fue el regalo que le dedicaron sus cercanos: un VHS editado por los camarógrafos y el equipo que hacían posible su espacio. Ahora que todos conocían los fragmentos sin censura, aparentemente no había nada que esconder. Pero la filtración igual lo agarró desprevenido.

—Aquí explosionó un volcán sin ser volcán —resume hoy Iván Arenas.

Se refiere a lo que vino después, cuando el video apareció publicado en la página de foros Elantro.cl. Unos días más tarde, Arenas logró comunicarse con el responsable de la filtración. Para atenuar su responsabilidad, el hombre le pidió disculpas y le explicó que no hubo malas intenciones de por medio, que buscaba enseñar el otro lado del Profesor Rossa, el que él pudo conocer, el cómico, el de los garabatos, el común y corriente. Arenas le pidió que bajara la grabación de la web. Pero ya era tarde: a esas alturas, el “video prohibido del Profesor Rossa” incluso se podía adquirir en formato disquete y CD en persas y ferias. En tanto, darse un lujo se instaló como alternativa para anunciar las ganas de ir al baño.

Luego se esparcieron los rumores: El mundo del Profesor Rossa había llegado a su fin en diciembre de 2001, y tomó fuerza la versión de que esa humorada habría sido el detonante. De hecho, los días posteriores a la filtración, recuerda Arenas, llegaron entre cuarenta y sesenta mil mensajes a la estación: eran, en su mayoría, mensajes de apoyo. La gente le exigía explicaciones a Canal 13. Que por qué el Profesor Rossa no estaba en pantalla, que no era justo, que cómo le habían hecho eso al profesor, que habían disfrutado del intercambio con Guru-Guru. Durante años se asociaron esos episodios.

Pero Iván Arenas, casi dos décadas después, blanquea lo que realmente hubo detrás:

—El hecho de que el Profesor Rossa se fuera no fue por esto, como la gente cree. Yo me fui del canal porque no llegué a un acuerdo comercial. Nos estaban bajando casi el 50% de lo que ganaba. Pero no era sólo la preocupación de mi sueldo: era la preocupación de todo un equipo, de algunos que venían de fuera de Santiago. Yo lo podía soportar porque hacía otras cosas, pero ese equipo se iba a las pailas.

Arenas intentó traer de vuelta al Profesor Rossa en un par de oportunidades. En 2011, como una suerte de spin-off del programa infantil, protagonizó La mansión Rossa, ahora enfocado en un público más adulto, por las pantallas de Vía X. Tras una temporada, en mayo de 2012 se mudaron a TVN bajo el nombre de La dimensión Rossa. Pero al no cumplir con los índices de audiencia que se esperaban, el programa fue cancelado.

Durante ese tiempo, el controvertido video fue publicado en YouTube, sumó otro par de millones de visitas y ganó la estatura suficiente para considerarlo un clásico: el primer clásico.

Hoy, contra sus pronósticos, se lo siguen recordando.

—Para todas las personas que pensaron que esto me perjudicó, no es así: es al revés. Esto fue completamente positivo —le jura al diario pop Iván Arenas—: la gente me vio como una persona común y corriente, normal, que le decía garabatos a Guru-Guru. Lo pasaron bien, lo disfrutaron. Y no tenía nada de malo, po. Lo que pasa es que yo lo hice en un momento en que el cartuchismo tenía un nivel bastante alto, pero posteriormente eso se diluyó. Ahora, que hasta hoy siga siendo conocido, que lo sigan mostrando, que siga perdurando después de tanto tiempo, me llama la atención.

El extraño caso del Niño Poeta

Jorge Carlos Rivas Cordero no quiere ser normal. Un miércoles de marzo de 2015, con apenas seis años subió al escenario dispuesto por Chilevisión y se paró de frente a Carolina de Moras, Antonio Vodanovic y Bombo Fica. Luciendo de impecable terno negro y humita, protagonizó un gracioso intercambio con el exanimador del Festival de Viña y después recitó “El hombre imaginario” de Nicanor Parra y “Dame la mano” de Gabriela Mistral. Al cabo de unos minutos tenía a sus pies al público y a los tres jueces de Talento chileno. A decir verdad, era fácil intuir el resultado: llamaba la atención que pese a su corta edad demostrara esa clase de pasión por la cultura. Su personalidad extrovertida y el amplio vocabulario que manejaba eran otras cualidades que despertaron el interés de los presentes. Vodanovic, de hecho, lo llamó “viejo chico”. Esa fue acaso su carta de presentación. Le siguieron algunas participaciones en Sabingo, pero aún había que esperar un poco más para que su fama explotara.

—Cuando fui a Talento chileno a recitar poesía —me explica ahora Jorge al teléfono—, hicimos nexo con una periodista, la cual después nos llamó. En ese momento es cuando me hice más conocido.

Fue una noche de ese mismo año, durante el noticiero de Chilevisión que todos nos detuvimos en su figura. Los que no, lo vieron unas horas después en YouTube o en algún otro portal. Un fragmento de 2 minutos y 34 segundos, en el que Jorge dejó de ser Jorge para convertirse en El Niño Poeta. Al igual que en su debut televisivo, destacó por su perspectiva sobre la literatura, su elocuencia al transmitir y unos hábitos nada frecuentes para un niño de seis años. La diferencia es que esta vez llegó a muchos más hogares. De hecho, al día siguiente pudo constatar los cambios que se aproximaban en su rutina: en el primer recreo, sus compañeros del Colegio Alcántara de La Florida se peleaban para poder sacarse una foto con él. Este escenario le causó problemas con la directora del establecimiento, que no estaba de acuerdo con lo que sucedía, con su fama y lo que eso conllevaba. Cuando lo iba a buscar su abuela y tomaban el metro de vuelta a casa, las fotos se multiplicaban. La gente en la calle se quedaba mirándolo para confirmar que se trataba de él, El Niño Poeta. Le empezaron a pedir selfies y saludos por montones. Todavía le pasa.

Pero cuando a Jorge Rivas se le pregunta por esto, por la fama y sus consecuencias, si en algún momento le impidió hacer la vida de un niño normal, él agradece:

—Te lo agradezco, porque siempre lo quise decir: creo que normal es una palabra tan amplia... ¿Qué es normal? ¿Qué podemos calificar nosotros como una vida común y corriente? Porque ojo, que uno no está en la mente de la otra persona. Mucha gente dice “cómo este niño no pudo vivir su niñez bien”, “cómo este niño no pudo disfrutar con sus compañeros”. Pero puede que yo tenga una manera distinta a la que tiene esa persona de vivir mi niñez o de disfrutar con mis compañeros. Esa es la respuesta. Mi análisis es súper profundo pero a la vez simple: cada uno tiene su vida y cada uno la disfruta como quiere, y no soy muy partidario de que venga otra persona y te diga lo que tienes que hacer.

En concreto, Jorge cree que, con excepción de una que otra situación puntual, lo que ha vivido es impresionante. Motivos tiene: en 2018, a sus 9 años presentó su propio webshow, No soy El Niño Poeta, donde entrevistó entre otros a Catalina Bu, Rafael Gumucio y Camila Gutiérrez. Un año después lo invitaron a participar en la película de Martín Rogers sobre los niños virales, pero declinó la oferta. Quería más equidad y no apenas aparecer en la grabación. Y claro, en cada una de las entrevistas que concede suele generar reacciones de todo tipo. Las críticas que dedica a sus compañeros de generación, a la propia TV, al uso que se le da hoy al Internet y al poco interés que le asigna el resto a la lectura, dividen a las redes sociales. Incluso ha recibido amenazas.

—Algunas de grupos políticos —completa Jorge—. Insultos y amenazas. Dieron direcciones pero que no eran las mías tampoco, entonces nunca han llegado a mi casa... cuando me sentí bastante mal fue después de la entrevista en Mentiras Verdaderas, cuando todo el mundo empezó a mofarse y empezar a aprovecharse de esta figura.

—Y luego de esos episodios, ¿te has arrepentido de haber aparecido en televisión?

—Nunca he tenido ganas de decir “no, nunca debería haber salido”. Hasta ahora no. Y tampoco lo haría. Tendría que haberlo decidido en el momento, y no lo hice, así que hay que asumir las consecuencias.

—Pero en abril de 2020, subiste el video “Nunca más”, donde exigiste respeto y encaraste a quienes te trataban de “vieja cu...”, por ejemplo. Fue un mensaje potente contra el bullying.

—Ese video, ojo, es 50% serio, 50% para reírse. Para reírse es el tema de esa polémica con Chtvnega, los garabatos que se dicen. Eso fue para llamar la atención de la gente y para que algunas personas en Internet se rieran. Uno de mis objetivos siempre ha sido que la gente en Internet se ría de mí, y no es mentira. Me parece muy interesante que las personas puedan generar una crítica, que las personas puedan generar diálogo, riéndose de este niño que les provoca vergüenza ajena, que les provoca risa, o cualquier sentimiento que pueda ser depositado a través del Internet. A mí me gusta promover eso. El otro 50%, real por decirlo de alguna manera, está fundado en dar el mensaje del bullying, del suicidio, de que un niño se suicida cada dos días en Chile y eso es súper duro. Entonces, ¿qué mejor manera de llamar la atención que hacer un vídeo para reírse, para dar esa especie de vergüenza ajena, y aprovechar esa instancia para hablar de un tema tan comprometedor como el suicidio infantil o el ciberbullying?

—Podríamos decir que El Niño Poeta es un personaje, entonces...

—Yo soy Jorge Rivas pero a la vez soy el Niño Poeta. Nunca he tratado de decir que todo lo que yo hago es un personaje, porque eso pasa con muchos famosos... no sé, te voy a poner un ejemplo: Stefan Kramer. Él se ríe mucho todo el día en Internet, pero todo lo que hace son básicamente personajes. Y yo no sé si Stefan Kramer, la persona que está detrás de cada uno de esos personajes, quizás es un amargado. En cambio lo mío no es un personaje: soy yo de igual forma, pero a la vez esta persona, este Jorge Rivas, trata de hacer un poquitito de humor y también tocar temas súper importantes.

—Y en 2019, cuando te desmarcaste del resto de los niños virales… ¿también era una broma?

—Era en cierto sentido verdad y en cierto sentido mentira. Porque tiene que ver con que lo que yo hago es sencillamente para el Internet, para tener una carrera... no sé si como influencer, pero como una persona a la que la gente sigue. Que tú por ejemplo quieras pasar un buen momento o te quieras reír un rato y vayas a ver un video de El Niño Poeta. No solamente estar marcado por un nicho, como lo que pasó con Zafrada y el tema del terremoto, o como con El Tarro con el tema de la bicicleta, cosas así. Y el tema para la risa, el 50% banal se podría decir, no era para llamar la atención sino para que la gente estuviera ahí, viéndolo.

Niño Poeta
Niño Poeta

La semana pasada, Jorge Rivas reapareció en los principales medios del país y en las redes sociales. Lo hizo tras grabar un video en el que parodiaba a los candidatos presidenciales mediante una particular “entrevista”. A sus 12 años, con un tono de voz más grave que el que le conociéramos en 2015, es el primero de los proyectos que tiene en mente. Por ahora participa en el podcast Las primeras letras junto a la profesora mexicana Elisa Guerra y trabaja en un libro que espera publicar pronto. También, reconoce, mira de cerca la política:

—Tengo un proyecto de participación ciudadana con respecto a diversas comunas de la Región Metropolitana que tiene que ver con la política... no que yo sea político, aunque puede pasar algún día. No se sabe.

El incómodo camino del Zafrada

Víctor Díaz no está seguro de atender la llamada del diario pop. Duda por algunos minutos. Trato de convencerlo explicándole que se trata de un artículo sobre los virales más emblemáticos de nuestro país y que nos gustaría contar con él, el ganador del Premio Copihue de Oro 2021 precisamente en la categoría Viral de la década, donde se impuso con el favor del público a otros serios candidatos, como El Tarro, El Chimuelo, El Niño Palo o el Engañado pa’ Chillán (o La mejor cuña de la historia de la televisión chilena). Pero Víctor sigue dudando. Aparentemente no le gusta mucho hablar y, como veremos en las siguientes líneas, tiene su porqué.

—Estoy contento, feliz —responde por fin, con voz baja, suave, e imaginamos que con una sonrisa en la cara—. Feliz por el apoyo de la gente. Fue mucho y se notó en las votaciones. Muy agradecido de todos ellos: de la gente que votó por mí y de la que no votó también, la respeto.

Víctor Díaz
Víctor Díaz

Víctor Díaz, de 20 años, habla de lo que sucedió el pasado 11 de noviembre: esa noche, se coronó como el nuevo ganador de El discípulo del chef. En sus palabras, como propuso en un video que publicó después en sus redes sociales, “El discípulo del pueblo”. Un apodo que escogió para graficar que el premio no es sólo suyo sino que también de todos los que lo votaron: un 92% de los televidentes. Díaz venció en la última instancia del programa de Chilevisión a la exchica reality Gala Caldirola y a Jacqueline Pardo, madre de Arturo Vidal, y se embolsó 15 millones de pesos, dinero que piensa invertir en su carrera universitaria. Fue el final redondo para un ciclo en el que capítulo tras capítulo se echó al público al bolsillo a merced de su carisma y la complicidad que forjó con otro de los participantes, el chino Yuhui Lee.

—Conocí a mucha gente bonita, estuve con muchos famosos compartiendo. La verdad es que hasta el tiempo se me pasó súper rápido —se suelta un poco más Víctor—; pero no esperaba ganar, porque no era muy experto en la cocina. Entonces, por ese lado no me lo esperaba…, pero sí por el apoyo del público: sabía que la gente me quería y se vio reflejado.

Ahora, un martes a la noche, en efecto a Víctor Díaz se le escucha feliz, acaso satisfecho. Pero hasta hace un tiempo, su realidad era otra.

La historia conocida de Díaz se remonta al 2010, tras el terremoto con epicentro en Cobquecura que azotó al país. Unos días después, él, criado en Iloca, recorrió la aldea junto a dos periodistas de 3TV, de La Tercera, para mostrarles cómo el desastre natural arrasó con todo lo que estaba a su paso. Entonces, Víctor Díaz era un pequeño de apenas nueve años, macizo, pelo corto, pecoso, rubio y de ojos claros. En cuestión de horas, se transformó en el símbolo de la localidad y en un fenómeno de Internet. Por su inocencia y desplante, incluso aprovechando las cámaras para hacerle un llamado al Presidente Sebastián Piñera. Le pidió que visitara Iloca y que les llevara alimento y carpas. También se quejó de que una camioneta con ayuda pasó de largo y los dejó pagando, sin sacos de dormir ni “zafradas”. De ahí el apodo que lo persiguió por más de una década y que, al parecer, no le gusta mucho.

—¿Por qué famoso? —preguntó ese día el pequeño Zafrada cuando le anunciaron que su testimonio se difundiría en la web, y se animó con un pronóstico que resultó erróneo—: ¿quién va a ir a revisar Internet? Mucha gente se mete, pero algunos no tienen. Es mejor salir en la tele.

Las imágenes las pasaron prácticamente en todos los canales y en Internet: la fama se le vino encima de golpe, y su vida no volvió a ser la misma. La gente lo reconocía en todos lados y lo paraban, sin importar el momento, para pedirle fotos. Los periodistas, en tanto, lo buscaban con insistencia. Le dedicaron varias notas y entrevistas. Es más, tras una visita al Buenos días a todos el propio Felipe Camiroaga le obsequió un caballo, de nombre Dominó. Luego, ese caballo se convirtió en parte de su pequeño emprendimiento donde ofrecía cabalgatas por la playa. Pero precisamente eso: la fama, el tener que aprovecharla, tratar de dejar siempre una buena imagen, comenzó a agobiarlo.

En 2020, para el especial de La Tercera a una década del terremoto, Díaz confirmó que prefiere evitar el video que lo hizo famoso. Que cuando alguien le menciona algunos de sus highlights, como “los porotos negros” que cocinaban en su escuela o “el hablamiento” de Susana, tal vez su primer amor, le hace el quite. Que de niño, comenzó a fastidiarle el acoso de los periodistas que llegaban hasta Iloca para sacarle unas palabras. Que llegó a pegarle a sus cámaras.

—Yo igual era un niño de campo, acostumbrado a andar pa’ arriba y pa’ abajo, con libertad. Y se me restringió un poco esa libertad, po —le explica al diario pop—; no podíai ir tranquilo por la calle, porque todos te conocen. De repente no podíai comer tranquilo, porque teníai que pararte y sacarte una foto... todas esas cosas.

Acaso ese sea el motivo por el que, con el paso de los años, parece haber cedido parte del carácter que enseñó de pequeño.

Zafrada, en todo caso, sabe que la fama trae consigo beneficios. Por ejemplo, admite que el hecho de que lo recuerden después de todo este tiempo como el niño del terremoto, lo llena. Reconoce, también, que le abrió las puertas para llegar a la televisión. Dicho sea de paso, pretende que su experiencia en El discípulo del chef no sea la última: espera nuevos proyectos y continuar en la pantalla chica. Pero también, dice que en algún momento quiso retroceder el tiempo.

—Me arrepentí de ser viral. Por la gente, por el colegio, mis compañeros. Hubo una distancia después…, se cortó eso. Sí, en un momento igual me arrepentí.

—¿Cuándo empezaste a sentirte mejor?

—Recién ahora, en este momento, pude superar esa incomodidad.

—¿Valió la pena todo lo que pasaste?

—Sí, valió la pena pasar por eso. De todas maneras.

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