Alison Mandel y el Festival de Viña: llegó la hora del “remember”

La comediante en Viña 2018, su primera vez frente al Monstruo.

Aunque no estaba segura del todo, la comediante que ya se llevó todos los premios en 2018, aceptó la propuesta y será una de los tres que se repetirá el plato en Viña ‘24.

Le contaba Alison Mandel hace un año a Luis Slimming, a poco de comenzar la sexagésima segunda edición de Viña, que no sabría qué responder si la invitaban nuevamente. “No sé… como que hay personas a las que les sirve mucho ir”, pero “no sé si mis proyectos van ya ligados”, se explicó. Un lustro antes, el viernes 23 de febrero de 2018, la comediante se había encarado con el Monstruo de la Quinta Vergara —después de Jesse & Joy y antes de Prince Royce—, y aunque en la previa no lo pasó todo lo bien que hubiera querido, dejó el escenario entre aplausos y con gaviotas de oro y plata. “A mí me servía mucho en ese momento”, recordó en esa charla. “Se sintió como el cierre de algo”.

Pero en realidad, entonces Alison también quiso decir que no.

Mandel —40 años, comediante y actriz, con un nutrido recorrido que incluye cine, teatro y televisión nacional— creció en el seno de una familia de artistas. Su abuelo, por caso, es Gabriel Maturana, el recordado señor Mandiola en el Jappening con Ja, y su tío, el destacado pintor Carlos Bororo Maturana. A ellos hay que sumar una abuela bailarina y otros pintores. De modo que no gozaba de demasiadas alternativas: sus ganas de ser veterinaria, luego bailarina —postuló a la tercera generación de Rojo fama contrafama—, pronto dieron paso a estudios de actuación en el Duoc y a una promisoria carrera sobre las tablas y en la pantalla chica.

De hecho, luego de algún rol importante en teatro, Mandel saltó a la tele para participar de tres series con más o menos éxito. Índigo, de Mega, que repasaba la historia de una niña índigo; Transantiaguinos, proyecto que levantó Nicolás López para Canal 13 y que retrataba las interacciones diarias entre siete personajes en un paradero, y finalmente, Comedor de diario, primera ficción de Vía X.

Sin embargo, después de eso, y sin un trabajo estable en el área dramática —sólo tenía apalabrado un papel en la secuela Qué pena tu boda (2011)— debió arreglárselas, echar mano a otra fórmula. Así es como se apareció en su camino un casting para ingresar a El club de la comedia. A mediados de 2010, ella y Jenny Cavallo se integraron al programa en desmedro de Nathalie Nicloux y Natalia Valdebenito. No tenía cómo saberlo, pero de ahí en adelante su carrera no volvió a ser la misma.

“Cuando estaba en El club de la comedia lo vi siempre como un trabajo que era pasajero. Antes de eso, tenía stand-up y decía: bueno, voy a hacer esta hueá mientras me llega pega como actriz”, le confesó Mandel a Slimming en la pandemia.

Su prioridad, dijo allí, era agarrar algún rol importante en televisión y, mientras tanto, postulaba cada cierto tiempo al colectivo artístico La Patogallina. Por más que todas las señales apuntaban con dirección a la comedia, ella prefería hacer la vista gorda y explorar otros caminos. Otra prueba de eso, es que cuando dejó los monólogos y sketches tras cuatro años de pantalla en el programa de Chilevisión —porque “lo empecé a pasar mal, no compartía los mismo códigos de amistad con algunos compañeros”—, la actriz devino panelista en Así somos (La red) y conductora en Amores perros y Minas al poder (Mega).

En Mega se reencontró con La Chiqui Aguayo y al cabo de un tiempo cayeron en cuenta que una especie de objetivo oculto del espacio era impulsar su participación en los festivales. Pero ambas se prometieron decir que no, sin importar lo atractiva que fuera la oferta. Ni siquiera se lo planteaban como opción. “Hueona, yo no voy a ir a Viña nunca. Olmué ni Viña, nunca. Le dije a la Chiqui: hueona, me llaman de Viña o me llaman de Olmué y voy a decir que no, dice que le dijo Mandel a Aguayo, y ella le contestó en la misma sintonía. “Una semana después, una aceptó Olmué y la otra Viña”.

La comediante, antes de considerarse propiamente comediante, desfiló por varios programas de TV.

Lo más relevante del relato ocurre en este punto: sin el Festival del Huaso de Olmué de 2017, probablemente no existiría la Alison Mandel que se asume comediante.

A Slimming, en su primera aparición en el Entre broma y broma, se lo explicó así:

“La vida a mí siempre me ha dicho… falta que pase un avión que diga Alison, dedícate a la comedia, porque yo siempre he buscado no hacer eso. Hasta Olmué. Ponte tú, en Olmué dije: ¿sabís qué? Parece que soy comediante, parece que de esto vivo. Onda, agradece y sigue avanzando”.

El comentario cobra mayor sentido cuando podemos advertir que a Luis Slimming —a quien se lo sinceró esa vez— le pasó exactamente lo mismo. En noviembre le dijo al diario pop que “después de que fui a Olmué me empecé a sentir humorista”. “Hasta antes de eso todavía me daba lata poner ‘comediante’. Al principio, cuando iba a los hoteles y tenía que escribir mi profesión, ponía ‘profesor’ o ‘licenciado en matemáticas’”.

Ahora, ambos encabezan la parrilla de humoristas de Viña 2024.

¿Cómo fue el primer Viña de Mandel?

Antes de subirse al escenario de la Quinta Vergara, Alison Mandel sostiene que no estaba nerviosa. O tal vez sí, pero lo normal.

Para ella, el Patagual había sido mucho más difícil. “Pa’ Olmué estuve más nerviosa que nunca en mi vida”, reconoció en Entre broma y broma. Primero, porque antes que ella se presentó Pedro Fernández y el mexicano hizo lo que quiso con el público. Pero en especial, porque se trataba de una audiencia mucho más conservadora. Mandel sintió, tras advertir la cantidad de huasos en las gradas o comprobar que las señoras se tapaban la boca para reírse y no molestar, que para una mujer era harto más complejo triunfar allí. Un dato que le entregó su hermana más tarde convalidó esa sensación: había escuchado al pasar el comentario de alguien que decía “tan rubia y diciendo garabatos… ¡qué feo!”.

En esas condiciones, haber salido bien parada del Patagual era una buena señal con miras a Viña.

Los problemas que enfrentó en la Quinta Región se relacionaron más a terceros. En la previa, por ejemplo, el crítico de televisión Vasco Moulián le dijo en un programa de La Cuarta a Mandel: “Te encuentro fome. Y a tu marido también. Eso, encuentro que hay un doble estándar (a propósito de algunos monólogos en El club de la comedia). A mí me gusta otro estilo de humor”.

“Creo que es la segunda vez que comparto contigo. Acá lo veo como algo más personal, no veo que sea algo de espectáculo”, le respondió la comediante.

Mandel en Viña.

Después, al margen de algún mal rato en la rueda de prensa oficial —”mi consejo a los comediantes es que no vayan a la rueda de prensa, no vayan a nada, tu trabajo es subirte al escenario”, diría más tarde—, la rutina de Mandel cosechó elogios. Con base en el feminismo y las relaciones de pareja, una columna vertebral muy suya, consiguió llevarse las gaviotas de oro y plata. Lo polémico aquí es que, mientras celebraba sobre el escenario, en redes sociales su colega Jani Dueñas fue muy severa con su presentación y criticó a las autoridades del Festival por el perfil de comediantes que habían escogido.

Que dos mujeres comediantes que se hacen llamar feministas critiquen a otra, me parece que es un retroceso más que un avance para todo lo que viene atrás”, recogió el guante Mandel, incluyendo en el debate a Paloma Salas. “La idea es pulir el camino para que lleguen las Belenazas, la Nati Nicloux, la Cristina, la Pame Leiva. Hay miles de mujeres talentosas, así que lo mejor es resaltar lo positivo”.

Dueñas respondió así en su Twitter: “No por ser feminista tengo que apoyar a todas las mujeres en todo lo que hacen. Usar la bandera del feminismo en esta pasada es un poco mucho”. Esas publicaciones ya no existen, y Dueñas, lamentablemente, un año después fue alimento para el Monstruo.

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