Por Paulo QuinterosCrítica de cine: Letras Robadas, una entrañable historia de sueños incumplidos
John Carney vuelve a explorar la relación entre música y emociones en una película protagonizada por Paul Rudd que utiliza el robo de una canción para reflexionar sobre el éxito, el fracaso y las oportunidades que quedaron atrás.

El cineasta irlandés John Carney ha construido una carrera marcada por películas capaces de generar una conexión emocional inmediata con el público.
Mucho de lo anterior se debe a que sus películas suelen estar atravesadas por una calidez poco común y una sensibilidad que le permite abordar frustraciones, anhelos y pérdidas sin caer en el cinismo ni en el sentimentalismo fácil.
La música también ha sido una pieza fundamental dentro de esa identidad autoral. Desde Once, la pequeña producción independiente que terminó ganando el Óscar a Mejor Canción Original, pasando por Begin Again, cuya secuencia de dos personajes recorriendo Nueva York mientras comparten una misma lista de reproducción continúa circulando ampliamente en redes sociales, hasta llegar a Sing Street, considerada por muchos como su obra más celebrada, Carney ha logrado crear una interesante filmografía.
Y en ella, las canciones no solo son un acompañamiento para la historia, ya que han logrado funcionar como una extensión emocional de los personajes.
Esa tradición vuelve a estar presente en Letras Robadas (Power Ballad), una película que inicialmente parece construida a partir de elementos familiares dentro de la filmografía de Carney, pero que encuentra personalidad propia gracias a la interpretación de Paul Rudd y a una historia que se interesa menos por la fama que por las personas que quedaron al margen de ella.
Y es que lo que comienza como un relato sobre una canción apropiada por otro artista termina convirtiéndose en una reflexión sobre los sueños incumplidos, las decisiones que cambian una vida entera y los vacíos que muchas veces logra llenar el amor.

La historia sigue a Rick Power, un músico estadounidense que vive en Irlanda y que alguna vez estuvo cerca de alcanzar el éxito junto a una banda prometedora. Sin embargo, su realidad actual es muy distinta: su talento musical solo sirve para tocar en una banda que se dedica a las fiestas de matrimonios. Y a pesar de mantener una vida familiar estable, igual carga con la sensación de haber dejado escapar su gran oportunidad.
Todo cambia cuando conoce a Danny Wilson, una estrella pop en busca de un nuevo éxito, a quien le muestra una canción que ha estado perfeccionando durante años. Meses después de tocar juntos durante una noche, Rick descubre que esa composición se ha transformado en un fenómeno mundial sin que nadie conozca su verdadero origen.
Tomando esa base, lo más interesante de Letras Robadas es que evita el camino fácil. La película nunca transforma a Danny en un villano absoluto por apropiarse de la canción ni convierte a Rick en una víctima perfecta. Carney entiende que la industria musical es mucho más compleja que una simple disputa entre buenos y malos, logrando así encontrar sus mejores momentos en esas zonas grises donde las responsabilidades se mezclan con las inseguridades y las ambiciones personales.
Nick Jonas sorprende dando vida a un Danny que posee el carisma necesario para justificar su fama, pero también transmite una constante necesidad de validación e inclusive tiene la incapacidad para entender que la apropiación de las experiencias ajenas no es una simple inspiración base. Especialmente cuando no se entiende el verdadero motor artístico tras las letras.
Por eso también la película pertenece principalmente a Paul Rudd. El actor entrega una interpretación particularmente contenida y melancólica, plasmando a un Rick que es un hombre que aparentemente tiene todo lo necesario para ser feliz, pero que sigue atormentado por aquello que no consiguió. Rudd logra abordar esa contradicción, convirtiendo al personaje en el corazón emocional de la película.

En el camino, Carney también vuelve a demostrar su gran habilidad para filmar el proceso de una creación musical. Algunas de las mejores escenas consisten simplemente en músicos compartiendo un espacio, tocando melodías o teniendo problemas en medio de guitarras y baterías.
La película también logra expandir también una mirada particularmente amarga sobre el concepto del éxito. A diferencia de otras producciones centradas en la música, Letras Robadas dedica buena parte de su tiempo a quienes no llegaron a convertirse en estrellas. Y eso termina siendo el condimento ideal para la historia que desarrollan una vez que Rick hace todo lo necesario para validar su valor autoral sobre una canción que se transforma inevitablemente en el mayor hit del mundo.
En medio de lo anterior, no todo funciona con la misma efectividad. Algunos personajes y tramas secundarias quedan relegadas, incluyendo lo que ocurre con la propia familia de Rick, pero al menos la película deja en claro que su prioridad apunta más a las carencias que el músico fallido no ha logrado resolver por si mismo.
Por eso lo más relevante es que Letras Robadas no trata realmente sobre una canción robada. Es más sobre la forma en que las personas procesan sus arrepentimientos, sobre los sueños que nunca se cumplieron y sobre la posibilidad de encontrar valor en aquello que sí logramos construir.
En esa línea, aunque la nueva obra de Carney no alcanza las alturas de Sing Street ni tiene el impacto emocional de Once, igual confirma que
John Carney sigue siendo un cineasta a seguir cuando se trata de explorar la relación entre música, identidad y la forma en que lidiamos con nuestras emociones. Y por eso a nadie le debería sorprender que esta termine siendo una película cálida, reflexiva y sorprendentemente madura sobre el éxito, el fracaso y todo lo que existe entre ambos extremos.
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