La Firme con Jordi Castell: “Nunca salí de ningún closet, yo debiera entrar a un closet en algún minuto”

Entrevista con Jordi Castell para la Firme en que repasó buena parte de su historia. 
FOTO: Bastián Sepúlveda
Entrevista con Jordi Castell para la Firme en que repasó buena parte de su historia. FOTO: Bastián Sepúlveda

El fotógrafo y deslenguado panelista de TV repasa su historia, desde su infancia, pasando por el presente sólo dedicado a lo que gusta, hasta el futuro que vislumbra lejos de Santiago. No elude nada, incluso analiza la contingencia farandulera-política.

Jordi Castell (57) está adolorido, con el inmóvil brazo en un cabestrillo, pero sonríe de buen ánimo en su departamento en el límite de Las Condes con Vitacura, rodeado de libros y plantas, y de sus perros y gatos, que deambulan al pausado ritmo del interior y la suave música que suenan en su fresca morada. Tras sufrir un accidente en el lago Colbún, Región del Maule, el fin de semana, y que lo dejó con una fisura en la clavícula, el fotógrafo igual se las arregla para sentarse y conversar, sin escatimar en esfuerzo.

Mientras el también panelista de TV habla, las mascotas hacen su vida en torno a él. La gata ciega, Topacio Alejandra, se posa sobre la mesa de centro cual florero, mientras Rosalía descansa alejada en un estante. Jordi le dice a su perro Alejandro Bobadilla: “Súbete aquí”; el peludo le hace caso y se ubica al lado suyo en el sofá: “Mi viejo, lo recogí hace poco, tiene ocho años, es mi marido”, comenta. La otra perrita, más joven, la “controvertida” Nina Simone, duerme plácida en un sillón, y se sacude inconsciente: “Ahora está soñando se mueve entera”, observa él, sonriente. “Qué ridícula”.

La “celebridad en liquidación” —como se refiere a sí mismo— repasa su infancia marcada por la crianza de su abuelo materno, Salvador, el abandono y “fuerte” reencuentro con su padre biológico, su historia como fotógrafo, su curioso vínculo con la televisión, homenajea a Eduardo Bonvallet, critica a los matinales de hoy, respalda a la vieja farándula, analiza al Presidente Boric y otras aristas políticas, su presente en Tal Cual (TV+) con José Miguel Viñuela y Raquel Argandoña, su papel como referente de la “cultura gay”, su vida amorosa y muchísimo más.

LA FIRME CON JORDI CASTELL

Tuve una infancia bien feliz e ideal, porque fui el primer nieto y sobrino. Cuando mi mamá, Mildred Abusleme, se separó de mi papá, me fui de vuelta con mi abuelo; fui como la mascota de la casa. Un recuerdo imborrable que, de hecho, está en una foto en la cocina, fue un 22 de diciembre: mi abuelo Salvador Abusleme llegó con mi primera perra, la “Choli”. Yo tenía cinco años y era como mi hermana. Son cosas que me marcaron, como mis abuelos en general. Era mucho más allá de la chochera de un cabro chico por tener una perra, sino que implicaba la responsabilidad de tenerla: sacarla a pasear, darle la comida y educarla. Desde ese momento tuve conciencia de qué significaba tener un perro, y nunca más he dejado de tenerlos.

La “Choli” era una perra súper protectora, mansa y buena onda, pero cuando me pasaba algo era un demonio; mi padrastro me pegaba y ella iba y lo atacaba. O una vez me apreté un dedo —que todavía tengo la cicatriz—, y fue toda mi familia a ayudarme y la “Choli” se tiró en contra de todos, porque pensó que todos me estaban haciendo algo... Qué sabía ella que yo me había apretado un dedo. La “Choli” fue bien importante en mi vida; jugaba con todos mis amigos en el barrio, en San Fernando.

Jordi recuerda sus primeros años de vida, con su abuelo y su primera perrita "Choli" como referentes clave. 
FOTO: BASTIAN SEPULVEDA
Jordi recuerda sus primeros años de vida, con su abuelo y su primera perrita "Choli" como referentes clave. FOTO: BASTIAN SEPULVEDA

Mi padre biológico, cuando se separó de mi mamá, se fue de vuelta a Barcelona, se casó con una parisina, se fue a París y nunca más volvió a Chile, ni siquiera ver a su familia. Mi abuelo paterno, Eugenio Castell, viajaba a ver a su hijo. A mi abuelo nunca dejé de verlo, siempre mantuve relación con mi familia Castell en Chile. En cierta medida mi abuelo, que no es el que me crió, fue un poco el artífice de esta situación, porque él siempre sintió que tenía una deuda en la vida por no entender lo que su hijo había hecho conmigo, de abandonarme.

Me echaron de todos los colegios en Talca y San Fernando. Creo que porque siempre fui muy inquieto, “Generación Ritalin”. Tuve que tomar Ritalin siempre; debió ser un cacho para los profesores de esa época, que no existían las psicopedagogas ni las “otras capacidades”. No quiero hablar de mí, porque tampoco me acuerdo de haber hecho cagadas muy grandes. Pero sí me acuerdo que me mandaban para afuera a cada rato, porque distraía mucho al resto: era un torbellino po’. Pero si lo ves hoy en un colegio, era de los cabros problema que no dejan que el resto ponga atención.

En el colegio la pasé bien, a pesar de todos estos altibajos que era cambiarme de colegio, de ciudad, y ser un niño problema, porque siempre lo fui, pero por mi indisciplina de ser tan inquieto. También había ramos que nunca entendí, hasta el día de hoy: química, física y matemáticas al final fueron un tortura. Por suerte tenía compañeras de curso a las que le podía copiar; siempre fui muy bueno para copiar. En ramos humanistas, como artes plásticas, ciencias sociales, castellano o historia me iba increíble; era bien contrastado todo en términos académicos. Nos ayudábamos entre compañeros, como pasa en todos los colegios. No había nada que me rayara más que la historia de los griegos y los romanos, que eran todos gay, jajaja. Talca, 1979, y yo viendo el Imperio griego... Estaba vuelto loco po’.

El fotógafo tiene lindos recuerdos del colegio, a pesar de que era bastante inquieto y enfrentó momentos de bullying. 
FOTO: BASTIAN SEPULVEDA
El fotógafo tiene lindos recuerdos del colegio, a pesar de que era bastante inquieto y enfrentó momentos de bullying. FOTO: BASTIAN SEPULVEDA

Cuando tenía problemas en el colegio, mi abuelo me dejaba de hablar. Su peor castigo siempre fue dejar de hablarme. Era autoritario, pero era muy presente. Nunca lo vi como una amenaza o intocable. Fue el hombre que me formó, que hizo de papá, pero que, a la vez, me exigió culturalmente todo lo que soy hoy; me obligaba a leer libros enteros; y a ver las oberturas de los mundiales, y yo odiaba el fútbol, y me decía: “Esto es cultura general, tienes que verlo”, y yo lo odiaba, si tenía once años y lo único que quería era mariconear, jugar con cualquier tontera. Pero tenía que hacerle caso. Nunca me levantó la voz, castigó ni nada, pero la exigencia era altísima. Hoy veo las oberturas de los mundiales porque me trae buenos recuerdos de cuando me obligaba a verlas. Me obligaba a leer la editorial de El Mercurio; y de La Época, la Apsi y la Hoy, que eran todas de oposición a la dictadura. Siempre fue opositor. Versus mi abuela Mingue de la Vega, que era pinochetista acérrima; imagínate las discusiones de política que habían. Hasta el día de hoy leo, leo todo el día. Me interesa todo. Sé mucho de política, estoy siempre leyendo noticias.

Me quedó todo de la crianza árabe. Agradezco haber sido abandonado por un hombre que no tuvo relevancia ni nada, versus este hombre que lo único que hizo fue formar una familia, darme valores y una historia. Hay valores que tienen que ver no sólo con el mundo árabe, sino con la cultura de Medio Oriente: valorar la familia y las jerarquías. Esas cosas me quedaron y me ha llevado muchas veces a darme cuenta que, quizá, ando buscando —lo hablé con mi psicólogo de hecho—, en cierta forma, no sé si replicarlo o repetir: me es mucho más fácil embalarme con un hombre que tiene una familia, en vez de alguien que no no está muy cerca de su familia. Me interesa tener cosas similares con las que crecí, siendo muy moderno y open mind; pero hay ciertas cosas, relacionadas con las emociones y afectos, que me acercan definitivamente a la forma en que fui educado.

Mi abuela nunca quiso ver quién yo era en verdad. Nunca aceptó, hasta el día que murió, que yo fuera gay. Tampoco nunca me lo prohibió ni me echó de la casa. Ella era una mujer muy católica, muy de derecha, muy pro militar, pero yo ya en esa época estaba en Santiago estudiando mi carrera, y pololeando, completamente enamorado del primer hombre que me enamoré. Y no iba a retroceder.

He hablado con compañeros de curso, con los que me junto hasta hoy. Siempre fui imponiendo mucho mi personalidad. Siempre fui muy homosexual, no quiero decir “loca” o “mujer”, porque nunca lo fui, pero siempre súper amanerado y nunca me importó que me hicieran bullying; porque me hicieron bullying. Pero me hicieron tanto bullying que nunca me afectó. Porque además a los quince años tenía polola, pero en paralelo jugaba a las muñecas con ella, le decía qué vestido ponerse, hacía las coreografías del colegio, hacía murales, diseñábamos cosas y hacíamos muchas actividades artísticas. Hoy ves un cabro así y probablemente te va a generar algo que ya no es tema culturalmente, por suerte. Pero en esa época en Talca, en los 70 y 80, era súper —quizá— rupturista. Pero nunca me importó; de partida, porque siempre sentí que lo que sentía no era nada malo, y además nunca sentí que había que esconder lo que yo era, que era súper homosexual.

Jamás postergué la fotografía, porque es el motor que rige mi vida, tanto así que me enamoré de la fotografía en el tercer semestre de Comunicación Audiovisual. Me volví loco. Llegué a Talca, le conté a mis abuelos que estaba en un taller de fotografía y que me había comprado una cámara; en esa época ya trabajaba como modelo y ganaba mi plata. Me compré una Canon y le dije a mi abuelo que quería estudiar fotografía, y me contestó: “Sí, por supuesto, pero cuando tú te las puedes pagar, porque no tengo plata para pagarte una segunda carrera”. Y empecé a pagarme cursos paralelos de dirección de fotografía en cine y editoriales. Trabajé con Roberto Edwards, un ícono en los 80, en Revista Paula; era como su octavo asistente, trabajaba por 60 lucas mensuales, básicamente moviendo cables. Pero aprendí más que en cuatro años de universidad.

Cuando entré a trabajar en la televisión, ya venía de hacer muchas exposiciones, vender fotos a coleccionistas y ser curador de un par de proyectos fotográficos. Básicamente las había hecho todas y, así y todo, me daba cuenta que los ingresos no eran todo lo que yo esperaba. Ya tenía 33 años y me habían ofrecido hacer cosas de tele, y no quería porque obviamente en el mundo más intelectual y artístico era mal visto. Ahora todos buscan la televisión, porque es un mal necesario, pero en esa época yo necesitaba comprarme un departamento, porque sabía que el día que murieran mis abuelos no heredaría ni un tenedor. Vengo de una familia de mucho esfuerzo, comerciante, y pensé: “¿Cómo lo hago?... Me prostituyo”.

Desde que empecé a ser una persona pública, entiendo que haya sido atractivo ser descaradamente asumido siempre; nunca salí de ningún closet. La gente me dice: “Ay, cuando saliste del closet”. Pero yo nunca salí de ningún closet, yo debiera entrar a un closet en algún minuto. Siempre fui homosexual. Cuando fui fotógrafo en El Mercurio, todo el mundo sabía. Y cuando entré a la TV, todo el mundo siempre supo. Hasta que un día, en un programa de Martín Cárcamo, cuando él todavía estaba en CHV, le dije que “mañana me voy de vacaciones con mi pololo a Colombia”. ¡Y ahí quedó la cagá! Pero para mí fue sólo decir que me iba con mi pololo a Colombia. Si de algo sirvió haber sido un descarado por la vida, qué bueno saber que fui importante. Y qué bueno que el que no me importara qué dijeran de mí, que no me afectara que me hicieran bullying por ser amanerado o gay, o que me importara tres pepinos que me discriminaran; porque me discriminaron, y harto, pero nunca sentí que fuera una razón para luchar por una sexualidad que no elegí. Yo no elegí ser cola po’, jaja. Uno no elige estas cosas.

De la televisión me atrajo el sueldo, y además sentí que era súper fácil ser alguien en un mundo donde se habla de tantos lugares comunes y todo son poses y lenguajes oficiales. Siendo antagonista sabía que sería siempre mucho más cómodo para mí, porque no soy políticamente correcto, no soy tan educado y tampoco tengo tantas ambiciones como para ser animador de primera línea; nunca me interesó. La única vez que fui más animador fue en Primer plano (CHV), con la Fran (García-Huidobro) y Nacho (Gutiérrez), que en paralelo me tenía conduciendo programas más envasados, que era muy agradable, lo pasaba muy bien, porque no dependían tanto el rating online; de hecho, me gané un premio con Sueños urbanos (CHV), que era súper lindo.

Hasta hoy tengo un romance súper agradable con la televisión, porque voy, vuelvo, entro, salgo, me expongo, no me expongo tanto y desaparezco un rato... Me funciona súper cómodo, porque tampoco tengo mucha paciencia: creo que la televisión abierta tiene un lenguaje y forma de comunicar que puede ser válida 100% —no la voy a criticar ni morder la mano que me dio de comer—, pero son mundos de lo que no participó 100% en los códigos editoriales. No podría trabajar en un matinal en este minuto de mi vida; siento que que hay una cierta negligencia, y hasta problemas éticos, de estar siendo cómplices de sembrar el pánico colectivo, en mostrar sólo cosas negativas, atroces, asesinatos. Y en el fondo, están dejando a un 80% de población —viejos, cabros chicos o gente con otros niveles culturales— huérfanos, porque no se los está entreteniendo. No me veo en un matinal cinco horas, que ya lo hice hace diez años.

Mi mejor amiga, Cecilia Amenábar, se casó con Gustavo Cerati. Era un amor, sensible, emocional. Era el marido de mi amiga, entiendo que era Cerati, pero la relación que tuve con Gustavo fue súper puertas adentro, de la Cecilia esperando a Benito y Juana Lisa, las guaguas y los pañales. Siento que Gustavo me quiso y respetó mucho; hablábamos mucho de música, fotografía, moda, colores y cosas que tenían que ver con todos los temas que siempre me gustaron mucho. Tengo los recuerdos más lindos de la forma que Gustavo se relacionaba conmigo. Era súper culto, entonces era súper agradable escucharlo, no sólo desde el diseño y las cosas que siempre me han gustado, también de cuánto quiso a sus hijos, el tipo de papá que fue, que los amaba con la vida. Y después de separarse de la Cecilia era un papá súper. Amaba a sus hijos. Siempre le digo a la Lisa: “Agradece el papá que tuviste”, porque la Lisa era los ojos de Gustavo.

Es un buen síntoma discutir o discrepar, porque es una forma de marcar territorio. No suelo pelearme mucho con nadie, porque no me dura; soy súper operado de los nervios. Esto de trabajar en televisión de la forma que he descrito, me ha permitido que hoy día elijo en qué quiero trabajar, porque no tengo gastos bajísimos; tengo todo lo que quiero, no soy ambicioso con la plata ni con las cosas materiales, porque ya tengo todo. Sólo trabajo en lo que me divierte. Qué atroz decirlo, ser tan frívolo, pero a mis 57 elijo las batallas: si me voy a pelear con alguien, prefiero hacerme la rubia tonta y como que no me di cuenta. Pero si voy a discrepar o me siento pasado a llevar, por supuesto, hago la pataleta, porque es sano no quedarse con las cosas guardadas.

A sus 57 años, el fotógrafo, "sólo trabajo en lo que me divierte", declara,  aunque suena "frívolo", admite. 
FOTO: BASTIAN SEPULVEDA
A sus 57 años, el fotógrafo, "sólo trabajo en lo que me divierte", declara, aunque suena "frívolo", admite. FOTO: BASTIAN SEPULVEDA

El último tiempo en CHV trabajé muy a regañadientes y en contra, porque fue la época en que hubo toda la trifulca con (Stefan) Kramer, que él no tuvo ninguna responsabilidad, sino que el gerente de producción del canal prestó el estudio del canal en que yo era conductor para que Kramer me imitara después de todo lo que había pasado (la riña legal por cómo lo imitaba el comediante). Hoy en día sería impensado que alguien se ría de la sexualidad de alguien. Quedé esperando que se caducara mi contrato para irme, porque después de esa quitada de piso no me iba a quedar cómodo en un canal. Después de eso entendí que la televisión es un poco así: el código de levantarte, después soltarte y dejarte caer, como lo han hecho todos. Pero no me parece terrible, y está bien. Con el tiempo aprendí a ser aún más frío y desconfiado.

No siento que ninguno de los programas que he hecho haya tenido mucha trascendencia, salvo Primer plano, que en su momento fue súper rupturista: el primer y el único estelar de farándula. El periodismo de farándula siento que ha sido como el hijo no reconocido de la televisión, toda la vida, y es el que más frutos le ha dado; o sea, CHV se mantenía gracias a Primer plano, sin embargo, era mal visto. Estábamos nosotros para destapar las cañerías. Llegaban todas estas niñitas discotequeras... Era otro país... Pero hoy no veo diferencia entre el periodismo de farándula y lo que pasa en el Congreso o con el caso de Cathy Barriga (el comidillo por su formalización como exalcaldesa de Maipú). Eso es farándula. Lo que hacíamos nosotros era súper inofensivo, porque era gente que jugaba o exponía sus intimidades a cambio de plata; versus ahora que son con platas públicas, son fraudes al fisco o a instrumentos municipales, qué es gravísimo.

Si empezamos a analizar uno por uno los casos, como el de Parived, el de Maite Orsini (con Jorge Valdivia) o el de Cathy Barriga, es gente que, más allá de lo talentosos que sean, del cargo que ostenten o sus capacidades profesionales, es muy egocéntrica. Necesitan presencia y estar. O sea, perdón, pero están revocando hoy (24 de enero) la formalización a Cathy Barriga precisamente por las imágenes que publica una vez que está con el arresto domiciliario, jajaja… Encuentro fascinante ese mundo, porque soy morboso y lo encuentro divertido; pero es una farándula súper de hoy, muy atractiva. Hoy las redes (sociales) son el referente de una celebridad o persona pública; yo voy dosificando porque estoy en retirada, tratando de separar lo más posible mi vida real de la laboral. Pero creo que no se puede comparar la farándula que se hacía en los 2000 versus ahora. Antes el mundo funcionaba mucho más desde el prejuicio y la inocencia; pero, a la vez, los malos tenían chipe libre, nadie los pillaba. Ahora los pillan a todos.

El fotógrafo posa en modo selfie junto a su gata ciega, "Topacio Alejandra". Foto de Archivo.
El fotógrafo posa en modo selfie junto a su gata ciega, "Topacio Alejandra". Foto de Archivo.

Yo hacía un programa que se llamaba Detrás de la pantalla (CHV), y Eduardo Bonvallet me abrió las puertas de su casa, me habló de su bipolaridad; fue la primera vez que alguien hablaba públicamente de una patología mental. Y me emocionó, me tocó en lo personal, porque en mi familia tengo gente que convivive con bipolaridad. En esa época era súper tabú; no sé cómo será ahora, pero hasta hace poco ibas al “loquero”, no al siquiatra. Y yo he sido un paciente psiquiátrico toda mi vida; gracias a la psiquiatría que soy un hombre equilibrado, normal, feliz, duermo bien y no vivo en conflicto. Para mí, lo de Eduardo fue súper un antes y un después, porque era la primera vez que alguien funcionaba desde su debilidad, transparentándola y, más encima, aceptándome en su mesa con su familia. De todo ese monstruo reaccionario que mostraba en televisión, yo conocí toda la parte opuesta. Y me emociono po’. Me emociona la gente así. Soy súper emocional.

Casi siempre me hago muy amigo de la gente con la que trabajo. Pero son amigos de tele con los que tengo códigos increíbles de lealtad como con la Raquel Argandoña y José Miguel Viñuela en Tal Cual (TV+). Son la raja, nunca había tenido códigos así. En general he tenido buenas relaciones, nunca he tenido problemas así como “esta hueona es una bitch”, pero han habido momentos en que agradezco tener un mundo propio; entiendo que a la gente de la tele le encanta hablar de la tele, pero a mí me aburre profundamente. Yo salgo de un estudio de televisión y vuelvo a ser una persona normal: me voy al parque con mi perros, me fumo mis cosas en mi departamento, me tomo mi copete, salgo con mis amigos y hablo de arte, de diseño, de fotografía, de hombres, de política y de 20 mil temas que habla una persona normal, precisamente porque siempre he estado empecinado en cultivar la salud mental. Creo que no es muy saludable estar hablando todo el día de lo que haces, de lo que dijiste y de cómo te ves; de hecho no me veo, no me gusta verme, en la tele ni en portales web.

Me divierte que me funen. Bienvenidos a mi fan club, porque también es casi siempre a gente anónima, o que a través de un teclado te dispara cualquier cosa. Me han deseado hasta la muerte, cuando dije lo de Pedro Pascal (que le gustaría haber sido exiliado para criarse afuera y “porque me tocó vivir los estragos de un golpe de estado doloroso”), y yo sólo le estaba tirando los cortes a Pedro Pascal, jajaja, y me salió el tiro por la culata. Creo que, también, nos movemos en un mundo de gente muy resentida y rabiosa; tampoco sabemos qué ve esa gente cuando se mira en el espejo: puede que haya harto de disociación, frustración, de gente que odia su vida y su trabajo, y ven a este señor, aparentemente frívolo, que dice cosas, pero no me arrepiento de decir nada, porque las cosas las digo porque la siento, y porque creo en eso. No las voy a repetir de nuevo, pero las cosas que he dicho es porque las siento, las veo y las vivo. Y qué pena.

El panelista de Tal Cual (TV+) admite que le hace gracia que lo "funen", como por sus dichos sobre Pedro Pascal o su perrita Nina Simone. 
FOTO: BASTIAN SEPULVEDA
El panelista de Tal Cual (TV+) admite que le hace gracia que lo "funen", como por sus dichos sobre Pedro Pascal o su perrita Nina Simone. FOTO: BASTIAN SEPULVEDA

Reencontrarme con mi padre biológico, después de 30 años, fue lo más fuerte que he vivido. Fue importante porque cerré un ciclo con un hombre que me abandonó cuando yo todavía no tenía tres años po’. Fue un ejercicio que hice con mucho trabajo espiritual y terapéutico, para entender y aceptar que era una historia que yo estaba generando. Mi mamá fue muy hábil, porque, por supuesto, supo que iba a llamarlo y juntarme con él, y me dijo: “Ojo que estás tomando tú la iniciativa, entonces usa la situación a tu favor, eres tú el que está llamando buscando encontrándose con él; ve por qué lo estás haciendo, habla con tu psicoterapeuta”. Mi mamá fue muy sabia, neutra y arbitraria, cosa que le agradezco siempre. Y fue lo más fuerte que he vivido, sin lugar a duda.

En uno de los viajes que hice a Europa con un pololo, mi abuelo paterno me dijo: “Este es el teléfono y la dirección de tu papá, siéntete con el derecho de llamarlo e ir a tocarle la puerta, porque él te tiene que abrir la puerta y escucharte”. Esa noche que llegué a París, lo llamé por teléfono, me contestó y después corté. Fue como sacar el tapón de una tina. Le dije: “Hola, estaré en París una semana, mi tata Eugenio me pasó tu teléfono, por si te animas, tomémonos un café”. “Sí, por supuesto, dime qué hotel, te llamo a primera hora y nos coordinamos”. Le corté y debo haber llorado 40 minutos seguidos, con ahogo, nunca en mi vida lloré tanto como esa noche. Tenía 33 años.

El día que me junté con mi papá llevé una cámara pocket, porque pensé en hacerle una foto... Nunca saqué la cámara del bolsillo: “Este momento no quiero lo compartir con nadie”, pensé. Era buenmozo el viejo y distinguido. Mi mamá me había advertido: “Ojo que eres idéntico a él, te mueves, hablas y modulas cómo él; eres idéntico, él va a quedar mucho más shockeado que tú”.

Lo más lindo del encuentro con mi papá no fue claramente verlo a él ni encontrarme con un hombre que después de 30 años ni siquiera era capaz de preguntar por su hijo, sino que me acercó a Salvador, a mi abuelo-papá, porque ese mismo día volvía al hotel a llamarlo y le dije: “Acá hay una sola cosa clara y es que mi papá eres tú”. Después de treinta años yo no iba a buscar a un papá, era para cerrar el círculo mío. Y más allá de que lo cerré bien, lo lindo es que desde ese momento mi relación con mi abuelo Salvador fue mucho más “fuera del closet”, la afiató, no cabía ninguna duda de que él era mi padre. Me acuerdo que fui al Museo Casa de Rembrandt, y él rayaba con Van Gogh, y le compré un tremendo libro de tapa dura. Fue un lindo final.

También me sirvió para dejar tranquilo a mi abuelo paterno, que se sentía en deuda conmigo porque su hijo me había abandonado, literalmente, dejó de existir en todo sentido. Después que murió mi abuelo Eugenio, en el 2005, cinco años después, la casa que él tenía en San Fernando la dejó a mi nombre en compensación por el abandono de su nieto. Era una casa que no tenía ni un valor económico, era de fachada continua, en la parte antigua del pueblo, que no costaba ni siquiera $200 millones, pero lo lindo fue cerrar el círculo de una generación o descendencia. Con mi abuelo Eugenio tuvimos súper linda relación, porque con él era más una relación abuelo-nieto, porque con el otro era papá-hijo. La casa la vendí en el 2012, porque estaba trizada entera después del terremoto (2010), y no quería meterle más plata. Y si la casa se vendía en el suelo, el terreno no costaba nada.

Jordi relató cómo fue reencontrarse con su papá tras 30 años y, sobre todo, las repercusiones de este hito. 
FOTO: BASTIAN SEPULVEDA
Jordi relató cómo fue reencontrarse con su papá tras 30 años y, sobre todo, las repercusiones de este hito. FOTO: BASTIAN SEPULVEDA

Me asusta el nivel de locura que veo en la calle en la gente hoy. Anda mucho loco suelto, mucho más que antes. Y no hablo de los asaltos ni las encerronas. Hablo de gente loca, dañada, que anda por la calle circulando como si fueran normales. Soy súper consciente del respaldo que te debe dar la ciencia o el trabajo espiritual para ser una buena persona, equilibrada y correcta. Da nervio ese descontrol que veo, de gente que está a los bocinazos y que te baja el vidrio a punta de chuchadas. Gente que con esos niveles de violencia que anda, me asusta. Y como me asusta me pongo a la defensiva, y soy chorizo. Estuve en Barcelona hace poco, en junio, y un tipo llegó a asaltarme, un negro gigante, me vino a quitar todo, me podría haber (matado). Y le eché la choreada. Me salió lo chorizo.

Mi vida doméstica es bastante menos glamorosa de lo que cualquiera creería. O sea, lo sofás están llenos de sábanas porque hay otros seres vivos que los llenan de pelos. Soy de cocinar mucho, evito comprar comida hecha porque soy mañoso con la calidad de la comida; soy cuidadoso con todo lo que me llevo a la boca, jajajaja, y no es chiste. Pero paralelo a eso, tengo una prioridad de vida que es vivir con mis animales. De hecho, me veo en el próximo tiempo rodeado siempre de animales; soy mucho más feliz rodeado de animales que de personas.

La conexión con los animales no sé cómo la puedo explicar, porque no obedece a ninguna lógica. El otro día estuve en Chiloé viendo unos terrenos y el perro del condominio era bravo, ha mordido a mucha gente; y de repente lo vio y le dije al dueño: “Tu perro no es bravo, vamos a ver”, y él me decía: “¡Cuidado, te va a morder!”. Le puse la mano y me empezó a lamer. Tengo fotos con el perro, terminó acurrucado. Hay algo que me pasa con los perros. Es así nomás. Tengo buena onda con los perros. En general los gatos, que son mucho más desconfiados, se me acercan; tengo buena onda con ellos también.

Me encanta la vida vida, vivir. Soy un hombre súper optimista, positivo, y siempre me faltan 20 mil cosas por hacer. Una de ellas es vivir lo más tiempo posible en otro país; son cosas que siempre quiero volver a hacer, porque cada vez que lo he hecho he sido inmensamente feliz: otra cultura, ojalá con otro idioma, pero principalmente la cultura, comer otras cosas y estar con gente nueva. Me encanta explorar relaciones humanas nuevas. Y vivir fuera de Santiago, en Chiloé, Talca o en cualquier parte que no sea Santiago. Siento que la calidad de vida acá es una estafa, está sobrevalorado; pero es un mal necesario Santiago, necesito estar acá por mi trabajo. Ahora tengo como plan, eventualmente, con todo lo que me gusta a mi departamento, dejarlo para estar en una casa con patio, por los perros y las gatas, porque no descarto que en algún minuto parezca otro animal.

Estoy buscando comprar un terreno en Chiloé. Estoy buscando, así como conscientemente, pretextos para salir lo más posible de Santiago. Estoy pololeando con un talquino, me voy mañana de vuelta a Talca, porque como soy provinciano, quizás me parece familiar volver a mis raíces. Tampoco es tan raro. Santiago puede tener lugares choros, me encanta este barrio, tengo una vida súper privilegiada y la agradezco todos los días de mi vida, no estoy renegando de nada de lo que tengo ni que me he ganado, pero de repente digo: “De cinco seres vivos hay cuatro que son animales, igual un patio podría ser un poquito mejor”.

Fui muy feliz viviendo en Chiloé. Me fui en “fase 1″, cuando empezó la pandemia (2020), a pesar de que me estaba piteando un matrimonio (Juan Pablo Montt), que estaba en crisis, que me fui a tratar de salvarlo, y por supuesto que no se salvó. Pero me iba con esta (la perra, “Nina Simone”) siendo un guarén de este porte —funado también por decir que se llamaba Nina Simone por ser “negra y fea”—. Esta pendeja llegó a mi vida con 26 días (de nacida) y justo yo había hecho un contrato con una marca automotriz. Me mandaron un auto a la isla y me puse a recorrer rincones. Partía en la mañana con esta perra todo el día a recorrer. Algo me pasa con la soledad, el silencio, la tranquilidad y evitar estar en contacto con seres humanos. Me hace inmensamente feliz.

Hacer que una relación funcione cuando cuesta esfuerzo —como probarse una zapatilla que no te queda bien—, es una señal clara de que las cosas no deben ser así. Yo no juzgaré a un ex marido del que me separé hace dos años, de partida porque estoy en una parada de vida en que le deseo lo mejor, quiero que sea feliz y que nos hayamos superado; pero claramente nuestra relación no funcionaba por ninguna parte. ¡Y ojo! Hay relaciones con gente de mi familia a la que también le deseo lo mejor y que sean felices, pero no tenemos nada qué ver, porque cuesta dialogar y encontrarse. Yo por lo menos, en este minuto de mi vida no me siento en la obligación de hacer cosas forzadas. Creo que las cosas cuando cuestan mucho esfuerzo, y te sacan tanto de tu zona confort o te ponen tanto a la deriva las emociones, no son saludables. Es bueno estar con gente con la que puedes coincidir. Nunca voy a hablar mal de un ex porque eso habla mal de mí, y porque no tengo nada malo qué decir de ningún ex; soy súper agradecido de los hombres con los que he estado, pero la vida da señales y hay que ser lo suficientemente humilde para escucharlas. El ego y el orgullo te juegan siempre una mala pasada y dices: “Yo voy a poder, voy a lograrlo”. No, de repente fracasar es mucho más sano y noble que hacer algo a la fuerza.

Agradezco los buenos sentimientos de la gente, porque no voy de pesado por la vida, maleducado ni ninguna de esas cosas. Pero cuando me mueven la jaula me convierto en un demonio, si soy Escorpión. Soy súper bueno, siempre me dicen que soy el hueón más amoroso, buena onda, positivo, propositivo, y es verdad, por lo general sólo me relaciono desde ahí. Pero entiendo que de repente puedo sonar, por mi forma de hablar, como si fuera un cuico de mierda. Y no lo soy. No tengo culpa de ser educado y haberme criado en una familia que me exigió mucha educación. Pero de pituco no tengo nada. Entiendo también que ser una persona pública es generar resquemores, envidia y malas ondas.

El podcast Hasta que el entierro nos separe no lo seguimos con José Miguel Viñuela, porque la productora tuvo un par de desórdenes. No sé si volvamos. No sé si yo vuelva a otro podcast. Hoy en día el podcast es como EL formato, está todo el mundo haciendo podcast, y me parece genial. Me gusta que se democratice la visibilidad, la opinión y la diferencia, y ni hablar de las diferencias de género. Pero me gusta que haya espacio para todo tipo de personas, profesionales y corrientes.

Con José Miguel Viñuela nos conocíamos, pero nos hicimos súper amigos en Tal Cual. Es lo máximo. Como persona es bueno, es de esos hombres que tú, más allá de conocer su historia como papá y marido, hablas y te das cuenta que es una persona con buenos sentimientos; es propositivo, generoso como amigo y persona. Al aire somos unas cacatúas cacareando, nos cagamos de la risa y nos hacemos bullying los tres (con Raquel), pero estamos llenos de código porque somos amigos cercanos; sabemos perfectamente hasta dónde llegar. La Raquel me conoce todos estos secretos (muchos) y te aseguro que todo lo que me hueveá es un 2% de lo que sabe de mí. Lo estamos pasando bien. Creo estamos bailando con la bonita, y eso es muy agradable, que en tu pega la pases bien. Ojalá que no se acabe nunca.

Sería bien débil intelectualmente de mi parte no construir una relación laboral con alguien que piensa distinto a mí. Con Paty Maldonado somos comunicadores y la gracia está en discrepar. Esto es lo mismo que llegar a una oficina: por supuesto que habrá gente que piensa distinto, pero van a tener que trabajar juntos, aunque piensen distinto, aunque su postura valórica o política sea distinta. Ahora, la Patricia claramente tiene una postura política muy distinta a la mía, pero coincidimos en muchas cosas que tienen que ver con emociones, afecto y familia, que las hablamos al aire. La Patricia puede decir opiniones sobre todo los temas que le dé la gana, ¿pero por qué yo voy a imponer mi forma de pensar frente a otra persona? No están los tiempos para eso.

Jordi lo pasa de los más bien en Tal cual (TV+), donde trabaja con buenos amigos y cuidan ciertos "códigos" de privacidad.
Jordi lo pasa de los más bien en Tal cual (TV+), donde trabaja con buenos amigos y cuidan ciertos "códigos" de privacidad.

No puedo volver a Top Chef VIP (CHV), porque se termina de grabar en unas cuatro semanas más. El timing de Top Chef en algún minuto se topa con el de Tal Cual en Viña del Mar, que es mi catedral, mi trabajo principal. Me tengo que ir el 20 de febrero (por el Festival). No voy a dejar de estar en Tal Cual por Top Chef, en caso de que hubiera estado sano y salvo. ¡Y la verdad!, todo pasa por algo. Porque estoy feliz y agradecido de irme fuera de Santiago (a Colbún donde su pololo), para que los perros naden, peluseén, porque me baja esa culpa de mamá católica, jajaja —que es ridículo, como “qué crueldad tener a los perros en el departamento”—; en cambio allá están todo el día al aire libre, se meten a nadar, se van, cazan conejos y dejan la cagada.

No me atraen los hombres famosillos, porque no podría estar con una vedette, no, me muero. Una vez pinché con una celebridad en Miami; pero yo en Miami era nadie, igual era divertido. Ahí me funcionó, pero yo pensaba: “Qué fuerte debe ser para él estar conmigo, vivir esto a cada rato”. Obviamente por ninguna parte podría estar con alguien que tuviera exposición... No sé, nunca me ha pasado, quizás me tenga que tragar todas mis palabras. Uno nunca sabe.

Castell de Chile es mi otra cuenta de Instagram donde publico frecuentemente fotos, porque mi cuenta personal es más de celebridad; trabajo con esa cuenta. En cambio Castell de Chile es de retratos, fotos más personales. Ahí he publicado la historia de mi vida como fotógrafo, fotos desde las más antiguas a las más nuevas. Y lamentablemente siempre estoy viendo encuadres, y funciona mi vida desde encuadrar y hacer fotos. Donde voy siempre sacó la cámara, antes de incluso mirar los lugares y digo: “En algún momento esto me lo voy a perder”, y tomó una foto, sobre todo en situaciones con personas o animales. De repente, el animal se puede ir, como un martín pescador. El otro día estaba en Chiloé y apareció un chucao, un pájaro que no se deja ver mucho.

Jordi asegura que nunca ha dejado de lado la fotografía y que siempre ve la vida des los "encuadres". 
FOTO: BASTIAN SEPULVEDA
Jordi asegura que nunca ha dejado de lado la fotografía y que siempre ve la vida des los "encuadres". FOTO: BASTIAN SEPULVEDA

He votado siempre en contra de todos los extremos. Cuando voté por Boric para Presidente, voté en contra de los republicanos; no voté por Boric, no me siento ni siquiera cercano a Boric, porque no soy ideológica ni valóricamente parecido al Frente Amplio; soy mucho más de centro, si tengo que dibujarlo con peras y manzanas. Pero voté por Boric porque sentí que era el mal menor, y no me arrepiento, a pesar de todos los errores y cosas que han pasado. Porque creo que el peor castigo nos puede pasar es que nos gobierne la extrema derecha o la extrema izquierda, como el comunismo.

Voté en contra de los dos proyectos constitucionales, porque nunca creí en el proceso constitucional. Nunca creí en el estallido social. Al principio lo vi como un movimiento social y dije: “Qué bueno, es súper legítimo que la gente se manifieste”. Y me pareció súper sano que salieran a las calles a pedir mejoras no sólo en sectores de la sociedad que estaban súper desvalidos. Me parecía urgente que hubieran cambios que beneficiarán a los más desprotegidos. Pero nómbrame a un líder que hoy se quiera hacer cargo del estallido...

Si hubiera sido un movimiento social no hubieran intentado quemar un país y hacer cosas tan a medias. Ese tratado por la paz nunca lo vi como algo confiable. La señora (Michelle) Bachelet, por la que voté, al iniciar su segundo período propuso un cambio de Constitución, y el primer detracto que tuvo fue Camilo Escalona, de su mismo partido (Socialista). Si después de eso no te queda un poco de ruido en la cabeza, en que está mal pelado el chancho y hay que renovar los códigos de la política chilena, porque han cometido unos excesos que además de irresponsables han sido súper antojadizos. Ese tratado por la paz nunca lo vi, de partida porque mi Presidente, Ricardo Lagos, modificó la Constitución; entonces no es la Constitución de Pinochet la que nos rige hoy en día: es la de don Ricardo Lagos. Hay que cambiarla, sí, se pueden mejorar, sí; pero se puede mejorar con proyectos de ley. Hay otras formas de hacer cambios e incluir a los más desvalidos de nuestra población.

Cuando voto en las urnas, cuando estoy a favor de la ley de igualdad o del matrimonio igualitario, no voto por mí, no necesito nada de eso. Hay un 70% de la población de mi país que necesita mucho más oportunidades y visibilidad. Y por ellos voto, que obviamente son la gente más desvalida. Pero no me vengan con la payasada de la Constitución nueva y los escaños reservados para los pueblos originarios, y esta otra Constitución hecha por republicanos. Sorry pero para mí los republicanos son un peligro; y ojalá ese sea el titular (de la entrevista), jajaja. Por ninguna parte republicanos.

El panelista manifiesta su rechazo a los extremos político, y hace especial hincapié en los republicanos. 
FOTO: BASTIAN SEPULVEDA
El panelista manifiesta su rechazo a los extremos político, y hace especial hincapié en los republicanos. FOTO: BASTIAN SEPULVEDA

Nunca me he sentido referente de nada, con nadie. Agradezco que me vean como un referentes porque, claro, siempre este tipo de halagos y reconocimiento son súper. Creo que las veces que más cerca de ser útil han sido cosas callejeras o domésticas, como mujeres que se me acercan emocionadas porque tienen una nieta lesbiana o un nieto gay, y no saben cómo entenderlo o aceptarlo, y me piden consejo. Ahí creo que es cuando hay que ser generoso y empático.

Me emociona, de todos modos, ver hoy en lo que está la cultura gay en Chile, más allá de de todos los guiños legales que hay. Me emociona ver en la calle cabras tomadas de la mano, cabros que no se esconden, que viven en paz y transitan con tranquilidad por la vida. Siempre soñé, antes de morirme, ver eso, porque sabía que el mundo tenía que ir hacia allá. Y sabía que la peor miseria la tienen los heteros, no el mundo gay: anda a contar los niños abandonados en los Sename, y después hablamos del mundo hetero. Todo el mundo nos critica y apunta, porque es bien visto apuntar a un gay. Pero si te fijas lo decadente que ha sido históricamente el mundo hetero, yo no me metería en ese territorio. Hay todo un sistema que es decandentísimo, y es porque el hombre y la mujer lo han creado: los femicidios, la falta de paridad y el relego hacia la mujer. Hay un sistema político-económico que es atroz de machista y discriminador hacia las mujeres. Los gays estamos recién saliendo del cascarón, somos unos niños de pecho al lado de los hetero.

Cuestionario Pop

Si no hubiera sido fotógrafo o conductor de tele, me habría gustado ser arquitecto. Me hubiera encantado tener la capacidad intelectual para ser arquitecto. No tengo palos para el puente. Uno tiene que saber sus limitaciones, jajaja.

En mi época como estudiante de Comunicación audiovisual nunca fui carretero. Fui carretero después de terminar de estudiar. Puedo hablar un día entero de fiestas, drogas y rock and roll. Lo pasé bien estudiando; me gustaban casi todos los ramos y había uno que nunca aprobé, que se llamaba Física de las comunicaciones. Pero fui feliz. Me estresé harto porque siempre quería saber más, y mis profes siempre me criticaron que yo, por la necesidad de querer saber más, a veces me equivocaba porque me perdía. Y es verdad, y es algo que tengo que agarrar hasta el día de hoy. Siempre quiero más. Es la necesidad de absorber, quizás por la formación que tuve de un hombre que me exigió saber. No sé si fui un alumno sobresaliente, creo que era bien del montón, pero soy casi el único que está ejerciendo después de 40 años. Básicamente estoy trabajando para lo que estudié.

Tengo varios apodos: “Jordan”, Jordito”... depende del grado de confianza o cercanía. Pero “Jordan” me dicen harto.

Tengo varios sueños pendientes, pero salir del país siempre para mí es un sueño. He vivido en Barcelona y Chicago, y en Londres y San Francisco un tiempo corto. Pero siempre quiero vivir más afuera. Y siempre he tenido que volver a Chile, por trabajo. Me encantaría vivir en un país del primer mundo... Bueno, acá volvemos a la funa de Pedro Pascal: me encantaría haber crecido de un país del primer mundo y haber ejercido en un país desarrollado, con más educación, más oportunidades, integración de las artes y la cultura a la comunidad. Eso me gusta de algunos países, que todo el mundo tiene acceso libremente a lo que tenga que ver con habilidades blandas. Pero bueno, tengo que viajar.

Una cábala es rezar un Padre nuestro. No soy católico. No creo en nada. Pero le rezo a mi abuelo, siempre. Siempre. Para todo. Él tampoco creía en nada. Mi abuela era católica, pero él la agarraba para el chuleteo. Y después, con todo lo que pasó con la Iglesia católica, le decía: “¿Te extraña?”, jajaja. Siempre encontró que eran todos los curas unos degenerados. Soy un hombre de mucha fe, rezo mucho, le prendo velas a mis abuelos, soy muy de creer en ritos, pero con mis santos, no con los que me impongan.

La comida árabe me gusta harto, la griega, la española... Me gusta la comida, como mucho. Soy bueno para comer.

Un trabajo mío que no se sepa es que fui garzón cuando empecé recién a estudiar. Fui garzón de Juan Pablo Johnson, banquetero icónico en los 80′ y 90′. Fui garzón en Mallorca, cuando recién llegué a vivir en Barcelona, como cuatro semanas.

Con mi primer sueldo creo que me compré hartos casetes. Me compraba música, libros, cosas de decoración, pinturas, siempre ando pintando. Pero en general siempre he sido súper cuidadoso con la plata. No me gusta despilfarrar. Quizá donde más despilfarro es cuando invierto en viajar.

De música, ahora tengo una playlist que es mucho jazz lento, soul jazz y cosas más melódicas. Pero de ahí nos podemos ir a Dua Lipa. Amo a la Rosalía, de hecho, mi gata se llama “Rosalía”. Y la otra se llama “Nina Simone”. Soy de escuchar mucho de todo: música clásica, depende el ánimo, pero por lo general soy súper abierto musicalmente.

Un trago favorito es el vino tino.

Todas las películas lindas me hacen llorar. Soy llorón viendo películas. Es más, lloro más viendo películas que con la vida real, como no paso penas. Y cuando tengo pena, lloro intensamente un poco, y después no lloro más. Creo que la última vez fue... ¿Cuándo lloré la última vez? Hace poco lloré con una película, con Maestro, dirigida y protagonizada por Bradley Cooper. Tiene cosas tan románticas, y además fotográficamente es la cagá; tiene todas las nominaciones al Oscar. Transcurre desde 1930 hasta ahora. Es la mejor película que he visto en mucho tiempo. Ahí me cayeron unos lagrimones.

Sin considerarse católico, Jordi igual reza a sus propios "santos", principalmente seres queridos ya fallecidos. 
FOTO: BASTIAN SEPULVEDA
Sin considerarse católico, Jordi igual reza a sus propios "santos", principalmente seres queridos ya fallecidos. FOTO: BASTIAN SEPULVEDA

Obvio que creo en el horóscopo. Soy súper Escorpión, y me encanta mi signo, y soy muy mi signo.

Si pudiera tener un superpoder, sería volar, para evitarme el contacto con los humanos, jajajaja.

No tengo placeres culpables. No creo en la culpa... No escatimo en gastar para comer bien... No es culpable, porque básicamente trabajo para la vida que tengo. Y comer es lo que me gusta.

Si pudiera invitar a tres persona de la Historia a un asado, le diría a Andy Warhol, por lo frívolo, lo brillante y, a la vez, por lo estúpido: cómo de nada construyó todo; o al revés, cómo todo lo deja reducido a nada... Me gusta la idea de conocer a psicópatas, a gente mala, como para saber cómo funciona su cabeza enferma; pero después digo: “Me voy a agotar a los diez minutos”, y se me quitan las ganas al tiro... Me gustaría conversar con Meryl Streep. Y Aristóteles, alguien así, saber más cosas del Imperio griego; de hecho, cuando fui a la acrópolis de Atenas fue como reconocer territorio.

Jordi Castell es un hombre mayor en paz con la vida, con todo y todos. Celebridad en liquidación. Comunicador, fotógrafo, outlet y no sé cómo más podría definirme.

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