La chilena que rescató a una reptil embarazada que surcó los océanos en plena era de los dinosaurios

Judith Pardo y fósil.

En marzo, la paleontóloga Judith Pardo lideró una expedición al glaciar Tyndall, ubicado en las profundidades del parque Torres del Paine. Largas caminatas, trayectos en caballo y una invasión de ratones son parte de la “peligrosa” historia que sacó de la dura roca el fósil de una ictiosaurio de hace más de 120 millones de años, con al menos dos pequeños embriones: “Nos ayudará a estudiar su gestación y adaptación, a completar este vacío en cuanto a su evolución”, dice sobre este singular orden de animales que se extinguió de modo “súper enigmático”.

“La fiebre del ictiosaurio”. Con esa expresión Judith Pardo Pérez (40) describe las últimas horas antes de que acabe una campaña de excavación paleontológica: “Te vuelves loco y quieres encontrar más y más”.

Aquella lejana mañana de verano del 2009, la bióloga y paleontóloga se despertó con esa sensación en su carpa armada en el glaciar Tyndall, ubicado en un rincón del inmenso Parque Nacional Torres del Paine, que abarca unos 1.814 km². “Me gustaría encontrar una hembra con embriones”, pensó, ya desde muy temprano con la mente puesta en los ictiosaurios (Ichthyosauria), un orden de reptiles marinos que surcó los océanos entre 250 y 90 millones de años atrás; es decir, desde el Triásico temprano al Cretácico tardío, unos 30 millones de años antes de la extinción de los dinosaurios.

Ella estaba haciendo su doctorado en la Universidad de Heidelberg, Alemania, país donde abundan los restos de estos animales extintos, muchos de los cuales pertenecen a hembras con retoños en su vientre.

“Cómo no va a haber una embarazada”, se cuestionaba ella sobre el yacimiento chileno, donde también abundan los fósiles de ictiosaurios, a pesar de que esa campaña había tenido poca suerte.

Al menos hasta ese momento.

Una joven palentóloga en el glaciar. FOTO: Instagram de Judith Pardo

Un hallazgo enfebrecido

Ese no había sido un gran día en cuanto a nuevos fósiles. “Yo estaba trastornada con que teníamos que encontrar”, recuerda. Ya eran casi las cinco de la tarde y, por lo tanto, la última jornada estaba por acabar. Pero ella no quería volver al campamento. Así que siguió sola y a los demás integrantes del equipo no les quedó más que seguirla.

La envolvió la obsesión.

Aquella expedición fue parte de su proyecto de doctorado, que era financiado por el gobierno alemán, la Sociedad Alemana de Investigación (DFG). Fueron dos campañas paleontológicas, una en el 2009 y el 2010. El proyecto fue en conjunto entre la U. de Heidelberg, donde ella estudiaba, el Museo de Historia Natural de Karlsruhe y el Instituto Antártico Chileno.

En total, eran tres personas caminando por los estratos que han quedado al descubierto con el derretimiento del glaciar. Avanzaban sobre un duro suelo, donde durante millones de años atrás se depositaron los restos de animales marinos y, en un largo periodo, esa “materia orgánica fue reemplazada en un proceso físico y químico”, hasta convertirse en “roca compactada”. Después vinieron glaciaciones que la cubrieron y, ahora con el calentamiento global, esas masas de hielo se retraen, dejando al descubierto los fósiles. La historia de la Tierra no se detiene.

“Básicamente tú caminas sobre la roca y los ves en el suelo”, describe. “Es como un museo que miras en el suelo”.

Judith Pardo en terreno.

Envuelta en los fuertes y gélidos vientos patagónicos que superan los 90 kms/hr, de repente Judith vio una gran mancha en el suelo. “Esto es un ictiosaurio que está completo”, pensó. Corrió hacia ese punto, y sí, estaba entero, de la cabeza a la cola. Al final, “encontramos como cinco durante la ‘fiebre’”, asegura, y estos los primeros restos pertenecían al fallecido reptil, al cual más adelante llamarían “Fiona”.

Según Judith, en ese lugar es “súper fácil” toparse con fósiles de ictiosaurio, al punto que “todo el mundo encuentra”. Sin embargo, remarca, “el desafío es quién encuentra el mejor, el más bacán”. Y en esa ocasión no habían pillado ninguno que cumpliera con esa premisa, que se pudiera ver completo en la superficie.

Al otro día la campaña terminó y se fueron con carpas y petacas…

El fósil de "Fiona".

Pero llegó el año siguiente, el 2010, y regresó. Llegó preparada con una lona de nylon transparente para calcar a los ictiosaurios que había encontrado la temporada anterior. Mientras hacía esa pega en el esqueleto de uno de ellos, entremedio de las costillas había unas columnas vertebrales “chiquititas”, relata. “Ahí supimos que era un embrión”, que resultaría ser más de uno. “Fue bonito, darse cuenta de que era una ictiosauria, y que estaba preñada”, dice.

Este individuo midió 3,8 metros de largo y 2 de ancho. Tenía, al menos, un embrión en la posición previa a nacer. Como estos animales contaban con pulmones debido a su pasado terrestre, requerían respirar oxígeno directamente del aire. “Tiene que nacer de cola, es decir, la cabeza sale al final, no como los humanos que es lo primero que sale”, explica, porque “si la cabeza sale primero, se ahoga”, al no poder salir enseguida a respirar hasta la superficie.

El inicio de todo

Judith nació y creció en Porvenir, ubicado en la orilla sur del estrecho de Magallanes, en la gran isla de Tierra del Fuego, frente a la última gran ciudad del continente, Punta Arenas.

Desde chica le interesó la naturaleza, los animales y, sobre todo, su anatomía. Se la pasaba en el cerro recogiendo palitos, bichos y huesitos. Y cómo no, a principios de los 2000, entró a estudiar biología en la Universidad de Magallanes. Tomó cursos de geología y paleontología que despertaron su interés en los “huesos viejos”. Por aquel tiempo, salvo gente del Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin) o del Museo de Historia Natural de Santiago, “no había gente trabajando en paleontología de vertebrados”, recuerda.

Y en 2003 empezó a ayudar en el laboratorio de arqueología de su universidad, mientras que a un amigo suyo lo invitaron a estudiar insectos al glaciar Tyndall, donde él se encontró con dos esqueletos, les sacaron fotos y, cuando su colega regresó, le mostró los registros a Judith. “Decidimos que había que investigar qué cosa era”, relata.

La palentóloga en el Museo de Historia Natural de Stuttgart. FOTO: Judith Pardo

A él le tincó que podía tratarse de algún reptil marino, así que se contactaron con la doctora argentina Marta Fernández, de la Universidad y Museo de La Plata, quien los asesoró. Hicieron un póster para el primer congreso de estudiantes universitarios de Magallanes, y presentaron el hallazgo: en efecto, un posible ictiosaurio.

Por aquel entonces, el internet corría sumamente lento, por lo tanto, Marta les enviaba por correo los papers y artículos para suministrarles información. Judith leía con ganas y “me empezó a parecer tan enigmático”, sobre todo porque en esos años escaseaban los estudios sobre ictiosaurios; en cambio, ahora “prácticamente todos los meses sale una publicación sobre el tema”.

A medida que se metía en el tema notó que “fueron los animales que mejor se adaptaron al medio marino en su tiempo”. Sin embargo, “se extinguieron sin dejar ninguna descendencia”, lo que “es súper extraño”, porque ya existían los cocodrilos y las tortugas marinas primitivas, familias que perduran hasta el presente.

—¿Pero por qué no tenemos ictiosaurios? —se pregunta—. Eso me sigue pareciendo muy curioso.

Los estudios de Judith Pardo en ictiousario.

¿Qué eran estos reptiles?

El gran orden que abarca a los ictiosaurios tomó su camino propio durante el Triásico temprano, es decir, hace unos 251 millones de años (o incluso antes), separándose de otros grandes grupos como los arcosaurios (Archosauria), que engloba a los cocodrilos, pterosaurios, dinosaurios y, por supuesto, a las aves.

En algún momento, entrando a la era Mesozoica —conocida como “la de los dinosaurios”—, después de la mayor gran extinción que habría acabado con 95% de los organismos marinos y el 75% de los terrestres, los primeros ictiosaurios habrían hecho su aparición. “Y siguieron su línea, desviándose con diferentes familias a lo largo del tiempo”, cuenta la paleontóloga magallánica.

Los ictiosaurios eran reptiles que, en algún lapso de la Historia, empezaron a transitar de la tierra al mar, tal como muchísimo tiempo después, en los mamíferos, ocurriría con las ballenas y delfines (cetáceos), y manatíes y dugones (sirenios). Ahí “se quedaron a vivir”, mientras pasaron millones de años adaptando “la morfología de sus miembros (patas) y los transformaron en aletas”, cuenta.

Animación de un ictiosaurio.

La selección natural derivó en que “esas aletas fueron siendo cada vez mejor adaptadas, aumentando el número de dígitos y reduciendo el tamaño de las falanges, porque tenían falanges”, sin ir más lejos como las personas en sus dedos. “Las hicieron más pequeñas y compactas para hacer una paleta más apta y eficaz para el nadar”, explica, dejando atrás su pasado como patas. Además, su cuerpo se alargó, cual torpedo. Su aleta caudal (trasera) surgió de “pequeñas vértebras”, y la dorsal se formó con cartílago.

Esos son detalles que ella aprendió haciendo su post-doctorado en Stuttgart, Alemania, en el rico depósito de fósiles de Holzmaden, donde hay unos tres mil ictiosaurios maravillosamente conservados, incluidos su piel y músculos, o al menos sus texturas y formas convertidas en minerales. “Pero se ve la estructura de la fibra ósea, de los nervios, la cola y las aletas”, describe.

De hecho, en ese mismo lugar se encontraron las primeras hembras que estaban dando a luz; por eso se sabe que eran vivíparos, es decir, que no ponían huevos como los demás reptiles.

—Eso es lo fenomenal y excepcional de los ictiosaurios: esa capacidad de adaptación, que ellos no tenían que arriesgar su vida en la orilla para poner los huevos y que te coma otro animal —destaca—. No sabemos todavía en qué se desarrollaban los embriones, debe haber sido alguna especie de tejido, quizá similar a la placenta, no lo sabemos. Pero definitivamente no eran huevos.

Ictiosaurio bajo el agua.

Estos animales también vivían y cazaban en grupos. Respiraban a través de unos hoyitos que tenían delante, no arriba como los cetáceos. No habrían podido nadar muy profundo para así lograr salir a respirar tras unos 20 o 30 minutos sumergidos.

Cuando Judith empezó a estudiarlos, solo se conocían cinco especies agrupadas en un solo género. “Ahora”, en cambio, “hay muchas más”, varios pares de decenas.

¿Un refugio de ictiosaurios?

Hace unos 140 millones de años, en el Cretácico temprano, el sector magallánico del Tyndall era una cuenca marina, donde no había nada de tierra. Con el lento paso del tiempo, en el transcurso de la deriva continental, aquel espacio acuático se cerró y el suelo se elevó, emergió lentamente de las profundidades. “Por eso en Magallanes se encuentran dinosaurios también súper bacanes y nuevos”, comenta Judith.

De la época bajo el agua han hallado una gran variedad de peces que, a su vez, eran el alimento de estos reptiles marinos, “porque hemos encontrado contenido estomacal de peces en los ictiosaurios y fecas fosilizadas con escamas”, agrega.

Glaciar Tyndall dentro del Parque Torres del Paine.

Aparte de esos animales no han encontrado más, y la mayoría recién nacidos, hembras preñadas y adultos ictiosaurios. “Nos hace pensar que esta localidad pudo haber sido una especie de refugio, porque había una gran cantidad de alimento y no habían depredadores”, supone. “Quizá venían acá a dar a luz y a criar, porque era un sitio perfecto, similar a como lo hacen las ballenas, que migran para dar a luz”.

Entonces, ¿qué mató a los individuos de este lugar? “Pensamos que como las placas tectónicas se estaban moviendo constantemente para darle forma a los continentes actuales, ocurrieron terremotos en la superficie terrestre, que también afectaron al fondo marino, y causaron avalanchas de sedimento, las cuales los habrían ahogado”, piensa sobre estos animales que recurrían a pulmones para salir a la superficie y respirar. Y quedaron casi de inmediato depositados en este lodo sin oxígeno, libres de bacterias que se comieran sus restos, permitiendo una conservación casi “intacta”.

Pero, claro, no todos perdieron la vida en el mismo momento. Otros habrían muerto por causas naturales como vejez, enfermedades o enfrentamientos entre ellos mismos, considerando que “no sabemos qué tan agresivos eran los ictiosaurios de esta población”, ya que quizá tenían sus encontrones por apareamiento o territorio.

Cuando eso sucede, el cadáver se llena de gases a causa de la descomposición de los intestinos; luego se infla, sube a la superficie y aparecen los carroñeros para comerse sus carnes, lo que separa las distintas partes que bajan hacia el fondo marino: “Tenemos elementos anatómicos que están desarticulados del resto del esqueleto, por ejemplo, encontramos solo una vértebra, una aleta, parte del cráneo y nada más”, detalla.

Ilustración de varios ictiosaurios.

Aun así, según Judith, al momento de tener información sobre una especie y su hábitat, hay algunos huesos que proporcionan más información que otros, como el cráneo y, claro, las aletas, en el caso de los ictiosaurios.

En total, en el Tyndall se han encontrado 76 individuos de distintas especies. Pero aún falta por estudiar.

—Sabemos que son diferentes a rasgos superficiales, pero naturalmente hay que hacer estudios analíticos más profundos —explica—. Y para eso se necesita excavar los especímenes y llevarlos al laboratorio, porque tienes que remover la roca qué está en el hueso para poder ver estructuras que no se ven superficialmente, y medir los huesos.

La travesía

El camino es arduo para llegar a estos fósiles. Desde la entrada del parque nacional, hay que recorrer 18 kilómetros de trayecto para llegar a la Guardería Grey —cerca del icónico glaciar del mismo nombre—, para luego iniciar una caminata de ocho horas con caballos hacia el campamento donde se ubica el Tyndall.

Al lado de este glaciar se ha ido formando un lago durante los últimos años por su derretimiento; de hecho, en 2004, cuando la por aquel entonces veinteañera paleontóloga estuvo por primera vez ahí, “era una laguna chiquitita”. Cada vez crece más. “Es impresionante, es impactante ver cómo ha cambiado el paisaje de esta localidad”, describe. “Están apareciendo cerros que no se conocían y los ríos se han desviado”.

Para aquella expedición a inicios del 2022, el gran objetivo era, por supuesto, excavar a la ictiosauria, junto con tomar datos de otros fósiles del extinto orden.

“Es peligroso”, asegura Judith. “Por eso uno tiene que ir muy bien preparado tanto en condiciones físicas, como también en cuanto a técnicas, al equipamiento y la ropa que uno va a llevar”. Llevaban carpas de alta calidad, buenos alimentos y las máquinas que se requerían para la excavación, junto con el combustible y un generador para el campamento. “Te toca escalar una pared de roca y subir con todas las cuestiones para arriba”, relata, por lo que se requirió de un helicóptero.

Helicóptero sobrevuela el Tyndall.

Judith, además, compró un hangar de unos 270 kilos para trabajar protegidos del viento, la lluvia y la nieve, que pueden hacer su aparición en cualquier momento del año. Todos los días subían comida y combustible desde el campamento base, al que llamaron “Hawái” —por el verdor, los ríos y los frutos rojos que lo rodeaban—, hasta donde se hallaban los excavadores, el chileno Héctor Ortiz y el argentino Jonatan Kuluza, que habían montado su carpa junto al glaciar, el cual dejó los fósiles al descubierto por ahí por el 1936.

Esa fue la rutina durante 30 días, desde marzo a abril.

“Tuvimos muchos días lindos, que fue maravilloso”, destaca.” O sea, al menos yo que he ido hartas veces al lugar”, por lo tanto, “soy súper pesimista en cuanto a las condiciones climáticas: si vamos a estar 30 días, calculamos veinte días malos y diez días buenos”. En base a ello definieron cuánto combustible y cuántas provisiones llevar.

Ella piensa que en el clima estuvo la clave: “Creo que, por lo mismo, que nos fue tan bien en esta expedición y pudimos cumplir con todos los objetivos dentro del programa”. Incluso lograron hacer tomas para fotogrametría, que es “la digitalización en tres dimensiones a los ictiosaurios que todavía no podemos excavar”, explica.

El equipo en el hangar con el ictiosaurio.

Así y todo, como la logística es “complicada” y las excavaciones son “largas”, seguramente “muchos ictiosaurios no se van a poder excavar nunca”, dice, “O al menos durante mi vida; quizá las próximas generaciones lo puedan hacer”.

Mientras, dice, hay que protegerlos donde se encuentran, lo que implica ponerles consolidante encima, un pegamento, para resguardarlos de la erosión del viento, la lluvia y la nieve. Además, cuando el glaciar cubría todo ese lugar, fracturaba la roca, fósiles incluidos. “Entonces con el cambio de temperatura entre el día y la noche, la roca se contrae y se dilata, y van rompiendo la roca en pequeños fragmentos que son barridos por el viento”. Aquel es un proceso que ocurre lentamente con los años, pero que, a la larga, “es terrible”, dice.

—Por eso necesitamos ir al lugar solamente a consolidar y proteger los ictiosaurios —remarca—, quizá con unos techos que puedan hacer a cada uno en el sitio, hasta que algún día se puedan excavar.

Camino al glaciar con Judith vestida de rojo.

“Nunca me había pasado”

—La roca es muy dura, demasiado, cuesta mucho, hay que usar sierra, rotopercutor y harto gasto de cosas —asegura Judith sobre lo más difícil de la expedición.

La piedra del lugar tiene mucho sílice, un compuesto mineral sumamente compacto; además contiene harta pirita (azufre y hierro), lo que la vuelve aún más resistente y “hace que la roca se oxide, que se vea roja, y degrada al fósil con el tiempo, se lo va comiendo”, plantea. Eso sí, ahí entró la labor de la restauradora Cristina Gascó, quien tiene alta expertiz con fósiles de estos reptiles marinos. También participó la doctora alemana Erin Maxwell, reconocida en todo el mundo por sus estudios de ictiosaurios y que, de hecho, fue la supervisora de la magallánica en su posdoctorado.

Con el fósil expuesto a la intemperie, en el sector han aparecido líquenes, musgos e incluso pequeños arbolitos. “Todo eso se mete entremedio de los huesos, que son porosos”, cuenta. Ante eso se le aplica un líquido que hace subir todo ese material y tiñe de verde el fósil. Por eso le pusieron “Fiona” a esa ictiousaria, en alusión a la ogra co-protagonista de la saga de Shrek.

Por suerte, bastó con echar agua para que se le quitara ese color.

La excavación de "Fiona" con las máquinas.

Durante las dos primeras semanas de campamento, fueron visitados por una pequeña laucha de campo, que hizo su aparición muy en “buena onda”. Sin embargo, “después trajo a toda la familia” y “arrasaron con todo”. Ello sin importar que “éramos muy cuidadosos con el tema de la basura”, la cual guardaban en tachos azules plásticos.

Pero eso no les importó a los pequeños roedores. “Se empezaron a meter en las carpas, a pesar de que no teníamos comida en las carpas”, cuenta. Una noche, mientras ella dormía en su carpa junto a la estudiante en práctica Catalina Astete, sintió que algo rascaba el gorro de lana que usaba para el sueño. Era un ruido muy leve. Se levantó, golpeó y “sale un ratón que me estaba comiendo la cabeza”.

—Fue increíble —resume sobre aquella invasión—. Nunca me había pasado.

La palentóloga le hace mediciones al fósil.

La gran pregunta

“Fiona” se convirtió en el primer ictiosaurio que se excava completo en Chile y, por lo tanto, también es el único embarazado. Hasta el momento, está claro que tiene dos embriones, “y quizá tenga más”, advierte.”Probablemente le encontremos más”.

Pero Judith aclara que “esta no es la última hembra preñada que se ha encontrado en el mundo”, aunque “es la única que se ha encontrado de esa edad en particular en la que vivió”; es decir, del Cretácico temprano, entre 139 y 120 millones de años atrás.

El descubrimiento también es valioso porque “el registro fósil de ictiosaurios cretácicos es súper escaso”. Los hallazgos más abundantes son de los periodos más antiguos del Jurásico y Triásico, particularmente en el Hemisferio Norte, mientras que en el Sur se suelen encontrar más de esta tercera etapa temporal del planeta.

En Calama y en distintos lugares se han hallado restos fósiles de estos reptiles, pero solo son fragmentos, y del Jurásico, o sea que son mucho más antiguos.

Detalles de fósil de ictiosaurio. FOTO: Jennifer Muñoz

Esta ictiosauria, dentro de este gran orden, pertenece a la familia Ophthalmosaurus, que tenía un “cuerpo abultado” y una “aleta en la que tenían un dígito anterior al radio”, algo que es “súper característico de ellos” junto con una “serie de otras características del cráneo”.

Los del Triásico, podían llegar a ser mucho más grandes y alcanzar los 16 metros de largo, aunque también había otros que tan solo llegaban al metro y medio. “Los cretácicos no eran tan grandes, como que se fueron achicando, pero haciendo su nado más efectivo y rápido”, explica. Se estima que los individuos que se han encontrado en el Tyndall, en general, llegan a los siete u ocho metros.

En el presente, “Fiona” está en el Museo de Historia Natural de Río Seco, en Punta Arenas, donde hace meses que ya se puede visitar.

Pero el trabajo aún no termina.

“La trajimos y la pusimos en el sitio para que la gente la pueda conocer, pero esto se va a preparar en unos meses más”, adelanta. Los bloques de piedra que contienen al fósil serán removidos con máquina para dejar el “hueso” libre, y montarlo tal como estaba en terreno.

—Para mí es súper importante que la gente se sienta identificada y parte de esto, no solamente con las historias que uno cuenta con las palabras o las fotos, sino que lo puedan ver, conocer y aprender —declara.

El fósil de "Fiona" ya trasladado a la civilización.

Mientras, en el glaciar de Torres del Paine ya saben que hay otro fósil de ictiousauria embarazada, aunque “sus embriones son más grandes que los de la ‘Fiona’, están más desarrollados, y son más”, detalla.

El problema es que está más complicada de sacar por la forma en que está posicionado en relación al suelo, lo que implica que su cuerpo está más profundo. “Es decir, para excavar, tenemos que quitar todo un metro y medio de estrato y luego sacar el fósil”, explica. “Imagínate el tremendo trabajo con las máquinas”. Ella incluso calcula que se requeriría de más de una temporada para sacarlo. Así que “no hemos decidido si se excavará esa u otra”, adelanta. “Hay que evaluar condiciones logísticas y se necesita la inyección de recursos” porque, “sale carísimo: hay que llevar caballos, helicópteros, un camión y pagarle la comida a la gente”.

En cuanto al conocimiento de estos reptiles, dice que hay un “vacío” en los ictiosaurios del cretácico temprano: “No se conoce mucho”. Así que “Fiona” completará una pieza del puzle, especialmente de ictiosaurios gondwanicos [Gondwana, supercontinente que incluyó a Sudamérica, África, India, Oceanía y Antártica], de Sur, de los que no se tiene información”.

“Tener a una hembra embarazada de esa edad nos ayudará a estudiar su gestación y adaptación, a completar este vacío en cuanto a su evolución”, explica. “Y quizá poder llegar a entender qué ocurrió con ellos hacia el final de sus tiempos”, porque, hasta dónde se sabe, a diferencia de los dinosaurios, no dejaron ningún linaje heredado.

Aunque la paleontología tiene una noción de “por qué se fueron extinguiendo”, en vista de que fue un proceso “gradual”, la causa no está clara: “Ocurrieron cambios en sus ecosistemas marinos, que alteraron las biotas [conjunto de seres vivos que habitan en cierta área], reorganizaron los ecosistemas marino y se tuvieron que ir a buscar nuevos nichos, nuevos lugares donde vivir y encontrar alimento”.

Un ejemplar más pequeño que "Fiona" hallado en China.

Otra causa que habría influido es el vulcanismo, en pleno proceso de desaparición de los continentes, lo que derivó en un calentamiento global, ya que “causaba terremotos y erupciones volcánicas que emanaban CO2 [dióxido de carbono]; similar a lo que está pasando en la actualidad, pero sin el efecto antropogénico”, explica. “Ese C02 cae al agua, acidifica los océanos, reorganiza las biotas, mata ecosistemas, y los ictiosaurios se tienen que ir a otra zona”.

Entonces, ante dichos cambios, lo ictiosaurios muchas veces no habrían encontrado comida y, por lo tanto, no alcanzaron a adaptarse al nuevo escenario.

—Pero, ¿por qué otros sobrevivieron? —se pregunta Judith—. Es lo que me parece súper enigmático. La gran pregunta es qué pasó con ellos, por qué no hay descendencia. Capaz que haya algún eslabón perdido de alguna evolución que no vimos, y que realmente no se extinguieron, sino que evolucionaron en otra cosa. No es loco pensar en cada cosa hasta que demuestras lo contrario.

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